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Aunque el “Príncipe de la Salsa” no desfiló por la alfombra roja de Premios Lo Nuestro, ni subió a recoger su galardón que lo acredita como “Artista Tropical Salsa del año”, el presentador Osman Flores, representó a la tierra de “Darío” con su bandera Azul y Blanco izada, la que colocó en manos de cada celebridad que pasaba por su lado, contiguo a la televisora TV azteca.

Atrás quedaron los días que debajo de un toldo corroído por el sol, bajo el inclemente sol y las sobras de otros, almorzando entre amigos y colegas, soñaba con codearse con personajes como “Sharytin” (su gran ídolo),  “el gordo y la flaca”, entre otros que hoy decoran su perfil en Facebook.

Un “no hay presupuesto” rotundo, frustraba sus planes hace un par de años; sin embargo, este presentador especializado en farándula, reconocido como el mejor en su área, por la Facultad de Humanidades y Comunicación, es la prueba viva de que los sueños se cumplen.
Mientras en Nicaragua, la mayoría presenciaba Premios Lo Nuestro, sentado en el sillón o taburete de su casa con un plato de gallo pinto y tortilla de cena –si hay-  sintonizados con el único canal nacional que pasaba el evento, el medio en el que paradójicamente debutó Osman Flores haciendo una sección de farándula por la que nadie apostó ni un peso, Flores correteaba tras las estrellas que siempre soñó entrevistar.

“La alfombra de Premios lo Nuestro es muy importante porque es el más antiguo de la raza hispana... 24 años. Entonces, para un periodista de espectáculos que vive en un país donde la industria del entretenimiento gatea, es significativo”, justifica Flores, quien adelantó que trae muchas novedades para sus televidentes aterrizadas al interés de su tierra pinolera, las que seguro pasarán por alto las grandes cadenas, porque no les llenan de orgullo como lo hace en Nicaragua el ‘Príncipe de la Salsa’, quien no desfiló por causas desconocidas.

Osman Flores regresa mañana y quizás el lunes se vuelva a sentar en ese toldo corroído al que llamaba comedor, siempre rodeado de amigos y colegas que ya no lo escucharán soñar, sino que serán los espectadores de sus anécdotas. Cuando se aburra de repetir lo mismo, entonces volverá a tocar tierra.

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