•  |
  •  |

Mirar la obra de un maestro conlleva retos porque de modo propio obedece a códigos estéticos y temáticos formativos que le dan identidad y la fijan en lo que de común se denomina en el término antiguo “el estilo”.

En el caso del maestro Hugo Palma, su identidad sedimentada en varias décadas de creación arriesgada no implica rigideces ni camisas de fuerza, antes bien se inscribe en un proceso de cambios paulatinos, madurados a profonditá.

Su tema recurrente “el ser” o el cuerpo humano, en el que no caben las separaciones lamentables entre materia y espíritu y al que en su caso no debe llamarse “la figura humana”, pues a veces connota superficialidad, se representa o pone en escena conectando con el lenguaje plástico de dos mundos que gracias al mestizaje ha logrado conjuntar como complementarios: la estatuaria prehispánica hierática y simplificada y la pintura clásica italiana en sentido paradigmático: manejo de la luz en el pre-renacimiento y el barroco, así como la particular técnica del sfumato renacentista con la que logra una pátina difusa que engloba la superficie pictórica.

Esta fusión feliz mantiene tensión óptima entre lo “duro” de las formas y ”la piel de la pintura”, esa epidermis extendida por delicadas veladuras contrastadas con empastes toscos, gruesos, reciclados del material pigmentoso endurecido en su paleta, resultando una perfecta conexión de lo velado con lo matérico.

La cualidad bidimensional de la pintura la aborda y traspasa de modo singular en obras donde los seres y las cosas se disponen casi negando los fondos como en una suerte de apariciones plantadas ante el espectador que parecen prescindir de espacios circundantes que evidencien lejanías, como en el típico senzo espaziale rinascimentale del “cuadro ventana”, esta aparente negación que es solo eso, apariencia, introduce un espacio roto y fragmentado, ruptura que rebasa lo geométrico para propiciar connotaciones conceptuales o de contenidos, bien puede aludir al universo como un caos que el artista organiza en su obra para el placer estético y la significación, (la ruptura con los conceptos de orden y totalidad tan privativos de la cultura occidental se planteó en los albores del siglo veinte, pero nada es definitivo), en el caso del pintor, su creación vuelve al orden, mas al suyo.

Tal parece que la pintura del maestro Hugo nos enrumba a un territorio filosófico, o más bien a una metafísica recordando en ese aspecto las lecturas de la obra de De Chirico, aunque el planteamiento espacial del greco-italiano sea diferente.

En suma frente a su producto el ojo enfoca la visión que el pintor revela manejando lo dual y ambiguo, afirmando y negando con lo volumétrico sólido de la forma al aligerarla, restándole peso y sumando levedad en una especie de “cromatismo matemático” calculado por la emoción contenida y precisa, arribando casi a la abstracción que la induce mediante cortes en las formas corpóreas a través de planos espaciales, colores, luces y sombras, transparencias y demás recursos de su magia pictórica, por ello estamos en esencia ante un hecho físico, táctil, textural y visual que de súbito remite a significaciones por lecturas interpretativas del intelecto.

Las 17 pinturas que conforman esta serie, comparten la aplicación de sus colores recurrentes en los últimos años: rojo de cadmio, azul de thalo, ocres y tierras de Siena, cafés de Van Dyck, de los que estallan en zonas estratégicas  chispazos de blancos puros, veladuras lácteas resultando en la superficie total un efecto de pátina neblinosa que amortigua los contrastes unificando la segmentación del dibujo y el color.

Tome nota:
Esta noche en Galería Pleyades, ubicada en el primer piso de del Centro Pellas, se presentará la exposición de Hugo Palma Ibarra, a partir de las 7:00 p.m.