• Managua, Nicaragua |
  • |
  • |

En la cárcel del Sistema Penitenciario de Mujeres La Esperanza, cientos de señoras y jóvenes sueñan con su libertad. Escriben entre líneas imaginarias empapadas por su trayectoria de buenas lectoras de novelas, betsellers, libros de autoayuda y alguno que otro libro sobre sexualidad, que llegan a sus manos gracias al Bibliobús rodante “Bertolt Brecht”, de la alemana Elizabeth Zilz.

El día para estas mujeres es eterno, pero dos veces al mes están listas para recibir a los bibliotecarios Coralia y Reybil, quienes trayecto al penal cuentan algunas historias de estas mujeres, y la satisfacción que tienen por su trabajo en las cárceles.

Mientras arreglamos los libros que llevamos al centro penitenciario que fueron solicitados por las reclusas, bajamos una pequeña mesa que será el escritorio improvisado y unos banquitos plásticos. Las mujeres se enfilan con anhelo por tener en manos los libros que pidieron en la visita anterior. Muchas saben de poesía y literatura, quienes con sonrisa en el rostro saludan amablemente, mientras los bibliotecólogos buscan entre los cien ficheros que trajeron para empezar la entrega de libros.

“¿Me trajo a Paulo Coelho? pregunta una, y ¿El Perfume?, de Patrick Suskind, y ¿La montaña es algo más que una estepa verde? dice otra”, al tiempo que terceras suben al Bibliobús rodante para escoger qué leerán en los próximos 15 días.

Han pasado dos horas desde la llegada a La Esperanza, no parece una cárcel común ya que las mujeres deambulan por todas partes.

Frente a la mesa de libros hay un rótulo que dice “Panadería La Esperanza”, hay mucho ruido, mujeres que gritan, otras a carcajadas, un grupo está bajo un frondoso árbol de mango donde entregamos libros, peligrando que los pesados frutos caigan sobre nuestra cabeza. Muy cerca se escuchan unos cantos… son visitantes cristianos que unen sus voces junto a un grupo de mujeres que alaban a Dios.

En algunas bancas hay mujeres con libros abiertos; por el portón principal entra una de las prisioneras quien carga en dos chineadores a unos gemelos, dicen que al menos hay unos seis bebés en el penal esperando cumplir seis meses de vida para ser entregados a familiares.

Ese es el pan de cada día en este “hogar de paso” para muchas como Marlin, una chavala de 18 años que lleva un año en el reclusorio y que solicitó cuatro libros. Ella es escritora, incursionó hace unos meses en varios talleres de Escritura Creativa que el poeta Henry Petrie en coordinación con la Biblioteca Alemana impartieron y del que salió como proyecto un libro: “Libertad Bajo Palabra”, donde 51 reclusas externaron desde sus más profundos sentimientos, sus sueños de libertad. Aquí la mayoría de las reclusas duermen pensando en la libertad y amanecen trabajando por ella.

Este centro penitenciario es pequeño. Es un espacio físico donde cabe lo necesario y donde no sobra nada. Hay guardias mujeres cuyas requisas que hacen no son exhaustivas como podría imaginarse en una cárcel normal.

“Vine a Nicaragua a enseñar a la gente”

La bibliotecaria alemana Elizabeth Zilz, es la pionera del automotor que trasporta el pan del saber donde no lo hay, especialmente en cárceles y poblados rurales. Su hazaña en Nicaragua nos cuenta que empezó en 1984 cuando el grupo ecuménico alemán “Justicia y Paz” llegó al país.

Dentro de los visitantes se encontraba ella, quien motivada ante la realidad del pueblo nicaragüense se solidarizó por la causa obrera y campesina en la zona norte y sur del país, especialmente en Jalapa, donde Zilz se estableció y realizó jornadas intensas de trabajo agrícola y la construcción de un refugio civil.

Esta alemana, entonces de 61 años, pidió autorización para realizar un proyecto al ministro de Cultura, Padre Ernesto Cardenal para establecer vía donación un Bibliobús y consolidar el proceso de alfabetización y también fomentar el hábito de lectura en la población nicaragüense.

“Con el trabajo arduo logré formar un grupo de amigos de Frankfurt Alemania. Escritores, poetas y otros para consolidar el proyecto del Bibliobús en Nicaragua. Con las donaciones recaudadas se compró una buseta marca Robur de la extinta República Democrática Alemana, y 3 mil títulos de libros clásicos, poesía, agricultura, geografía, historia, literatura juvenil e infantil”, contó Elizabeth.

El Bibliobús empezó su objetivo, fue parqueado en el Mercado Iván Montenegro donde se planificaban visitas a empresas y fábricas de hilados y tejidos, así como a empresas de exportaciones, entre otras. Después el servicio se extendió a los sistemas penitenciarios de Nicaragua. La primera etapa de servicios de extensión y promoción de lectura comprendió 1987-1988. Una experiencia que permitió a obreros y prisioneros disfrutar de la lectura de más de un libro.

Con una voz apagada por los años y los ojos brillantes llenos de recuerdos Elizabeth recordó que “cuando el Bibliobús visita las cárceles, los internos se alegran, se vuelven buenos lectores”.

En 1989 la biblioteca llegó a las zonas rurales como la comunidad La Curva en Niquinohomo, una cooperativa de caficultores a 5 km de la cabecera municipal, y donde demandaban el servicio para los niños de la comunidad.

Nueva Biblioteca Alemana- Nicaragüense
Ocho años pasaron en ardua labor como biblioteca Alemana- Nicaragüense, el espacio quedaba pequeño para la alta demanda de servicios, el nuevo edificio estaba en proyecto, y la Alcaldía de Managua donó un terreno junto al parque de Linda Vista Norte, donde el 14 de agosto del 2000 se colocó la primera piedra.

Elizabeth dice amar Nicaragua, y aunque nunca se ha podido adaptar al “horario nica” es una mujer puntual y directa. Junto a ella trabaja un equipo de bibliotecólogos y poetas.

Zilz nos hizo un recorrido por el edificio, muy apasionada por su labor insiste en que fotografiemos las paredes, en su mayoría pintadas con escenas multicolores. Uno de los murales destaca la pintura del líder del soneto, Rubén Darío al gran Caupolicán. Hay una sala infantil donde voluntarias alemanas enseñan a los niños que viven en las cercanías de Linda Vista. En la sala central hay dos nuevas computadoras, que para nada sustituyen a los libros, los jóvenes aquí prefieren consultar los libros y copiar de ellos. Elizabeth se acerca a una de las mesas y los chavalos agradecen a esta alemana su labor en el país.

Mientras Elizabeth me describe su arduo trabajo de 25 años. Dice en voz baja pero con modestia que está satisfecha de su obra en Nicaragua, a ella no le interesan los muchos reconocimientos que cuelgan sobre un muro de la biblioteca, le importa que los nicaragüenses sigan investigando, y que lean.

La labor de Elizabeth en la cárcel continúa desde los sistemas penitenciarios del país como en La Esperanza, donde Alicia, una mujer adulta que cumple una condena de 4 años me solicita un libro de diseño arquitectónico, y otros de poesía. Ella dice: “Estoy aquí de manera injusta, pero a pesar de todo he aprendido tanto. Quiero ver a mi hijo y empezar una nueva vida”, por eso en el libro Libertad bajo Palabra, parte del proyecto de la biblioteca Alemana-Nicaragüense escribió un relato sobre el reencuentro con su hijo.