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Aunque el monólogo del actor César Meléndez ha estado sobre las tablas del Teatro Nacional Rubén Darío en más de 40 ocasiones, las largas filas en taquilla no dejan de ser parte del escenario previo a su presentación, así como su argumento e interpretación siguen siendo el dedo en la llaga de los compatriotas, quienes experimentan ira y orgullo con la obra, que al final apela a la tolerancia y segunda oportunidad.

Cobijado con la bandera tica y nica, el actor recibió las ovaciones del público al final del monólogo que presentó en su versión larga, emocionado tras año y medio de no tocar tierra pinolera --o quizás fue la percepción de verla por tercera vez--.

Aún así no deja de ser un clásico pinolero de las artes escénicas ¡y qué mejor oportunidad para presentarla durante la celebración del Día Internacional del Teatro- y precierre del Festival Internacional de Poesía.

Aunque yo eliminaría la parte en que vio morir a sus padres, para hacerla más ligera, además apenas nos recuperábamos de la parte donde pierde a su hija –“Perdóname” pues… es solo una humilde, osada e irreverente sugerencia, tomando en cuenta que el país ya vive en otro contexto y la guerra es un capítulo de la historia--.

Pero con guerra o sin guerra en El Nica y el teatro en general, siempre impresiona la capacidad retentiva de los actores, en particular en un monólogo, donde se acuerda o se acuerda, no hay un compañero para salvarte del oso, --bueno, solo “Jesús”, o su representación en yeso que hace las veces de actor de reparto-- y César Meléndez se extendió por más de dos horas contando la historia del inmigrante que se enfrenta a la discriminación tras cruzar la frontera en busca de oportunidades laborales a un precio enorme, para poder proveer los alimentos a su hogar en Nicaragua.

Y si se le olvidó algo, como presiento que pasó, pues su experiencia, talento actoral y dominio escénico le ayudaron a disimularlo muy bien, pero sobre todo le sabe dar en el matado a los nicas mostrándole elementos a modo de sátira que a cualquiera llena de orgullo y nacionalismo, despertando nuevamente el interés de quienes pudieran empezar a sentirse cansados. Pero no tiene sentido que se las cuente, no se asimila igual, no da risa igual y no se experimenta el mismo efecto.