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No pueden escribir su epitafio porque no son de la familia, pero a través de su pluma, convivencia y legado, crearon un vínculo tan estrecho que tras su partida, no pueden evadir la tristeza que viste de negro sus pensamientos, como si tal, lo fueran… Y aunque la distancia les impide estar presentes en sus honras fúnebres, a través de los recuerdos rinden tributo a su memoria y mantienen vivo su legado.

El laureado escritor Sergio Ramírez Mercado, por ejemplo, recordó la última vez que lo vio. “Fue en abril de este año, hace apenas un mes, cuando nos encontramos en Providence, Rhode Island, para la reunión del Comité Director de la Cátedra Julio Cortázar que se celebró en la Universidad de Brown. Almorzamos juntos en el restaurante Capitol Grill el último día, Silvia, él, nuestros mutuos amigos; los escritores puertorriqueños Arturo Echeverría y Luce López-Baralt, Tulita y yo.

Chispeante, enérgico como siempre, lleno de planes para el futuro. Iba a salir pronto un libro suyo, la novela Federico en su balcón, y ya empezaba a escribir otro. Viajando, hablando en público, dando entrevistas, escribiendo, polemizando, se revestía de lozanía juvenil. Nos despedimos ese mediodía, ¿quién nos dirá de quién, sin saberlo nos hemos despedido?, dice Borges. Él se iba con Silvia para Río de Janeiro, y de allí a Buenos Aires y Santiago, incansable como era.

Quedamos de vernos en octubre, si no antes, en la reunión anual del Foro de Iberoamérica que toca este año en Cartagena de Indias. Ya se ve que no será posible”, expresó el escritor del “Tambor olvidado”, quien comparte el enorme respeto y aprecio que cultivó por la mente brillante que se apagó este martes 15 de mayo, a los 83 años, tras consagrarse con méritos como El Premio Cervantes (1987, y el Premio “Príncipe de Asturias, (1994).

De Carlos Fuentes, Sergio Ramírez recibió la noticia de que había ganado el Premio Alfaguara, episodio que jamás podría olvidar.

“La mañana del viernes 20 de febrero de 1998 golpearon a la puerta del dormitorio en mi casa aquí en Managua. Lo llama don Carlos Fuentes, me dijeron. La sensación de irrealidad comenzó en ese instante. Se había hecho público que Carlos era el presidente del jurado del Premio Alfaguara, reunido esos días en Madrid. Era la primera vez que ese premio se daba. Levanté el auricular, él empezó por preguntarme qué hora era en Managua, y yo ya sabía que no me estaba llamando para comparar los husos horarios entre Madrid y Managua. Nos conocíamos desde hacía al menos 20 años, y estaba al tanto de su costumbre de dar “puntadas”, bromear con lo más serio. Mi novela, me dijo por fin, había ganado junto a Caracol Beach, del cubano Eliseo Alberto, (Lichi), muerto en México el año pasado. Un premio doble, no dividido”, comparte el escritor nacional, quien recuerda que el jurado recomendaba cambiar el nombre de su novela, por el de Margarita está lindar la mar “o lo recomendaba él, o Juan Cruz, director de Alfaguara para España, quien estaba en el jurado con voz, pero sin voto, junto con Sealtiel Alatriste, director de Alfaguara para México.

Yo la había titulado Fin de fiesta. Y acepté allí mismo, sin pensarlo dos veces, no estaba para dobles pensamientos y además, Carlos me inspiró siempre la confianza de un maestro, uno de los mejores que he tenido en mi vida literaria desde que leí su libro de cuentos Cantar de Ciegos, el primero suyo que cayó en mis manos…“, agregó Ramírez al trasladarse a ese instante.

“Antes de colgar, me advirtió que la noticia no se daría sino una hora después, en una conferencia de prensa en Casa de América, con lo que debería quedarme callado hasta esa hora. Entonces, en la soledad de mi estudio, frente a la computadora apagada me quedé en silencio hasta que llamaron otra vez de Madrid para conectarme a micrófono abierto con los periodistas congregados en la conferencia de prensa.

Luego me acompañó en la entrega del premio en Madrid, y en los lanzamientos de la novela que se hicieron en Nueva York, Los Ángeles, Buenos Aires, Bogotá, Lima, Guadalajara, pero ya me había dado antes otras sorpresas agradables, como cuando en Madrid, el mismo día de la ceremonia en que le otorgaban el premio Cervantes, en abril de 1998, y yo estaba allá para presentar Castigo Divino, apareció en el diario El País un artículo suyo a toda página elogiando mi novela. Fue un espaldarazo”, concluyó.

Para “Su majestad” Claribel Alegría, Fuentes era poseedor de una fascinante y virtuosa pluma que le hacían merecedor de un Premio Nobel. Lo conoció durante 50 años y estableció una relación estrecha que hoy la enluta.

Admiró su trabajo, en especial “Aura”, la que cataloga como una obra maestra, por lo que lo considera un escritor universal. En particular, lo recuerda como un hombre justo, cuya crítica poseía un balance. Desde que lo conoció en Chile en una reunión de escritores lo admiró como ser humano y escritor.

Julio Valle Castillo, por su parte, considera que el laureado escritor es la mancha de la literatura. “Carlos Fuentes escribió novelas de toda extensión, e influyó en los registros de la prosa moderna… Él es nuestro quijote que manchó de una tinta magnífica toda la lengua hispanoamericana… Es la mancha de tinta con la que América está escribiendo”, describió el poeta, exdirector de Cultura, quien conoció al maestro entre los años 72 y 76 en México.

Lo que más le impresiona de él era, según menciona, su “don de gente”… “Era un caballero, un hidalgo, hombre con gran cortesía para tratar a los demás; poseedor de una enorme franqueza, espíritu libre y crítico… fue un diplomático, casi sociólogo y antropólogo para interpretar nuestra realidad. Sabía oír… era un ciudadano del mundo”, enfatizó.

Ulises Huete, un joven escritor que lo conoció a través de su obra. Uno de los libros para comprender la historia de Latinoamérica, es “El espejo enterrado”, un ensayo magistral desde el punto de análisis. A su juicio, establece lazos comunicantes que han conectado a Latinoamérica. Insistió en la cultura heterogénea que nos hace parecidos y distintos a la vez, “no es un escritor solo mexicano, sino universal” concluyó.