•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

-“No me abraces tan fuerte que esos abrazos tuyos son como de osos y me vas a desquebrajar los huesos”, dijo Fuentes.

-“Es un abrazo tipo correligionarios del PRI, abrazos capaces de sacarte la flema del pecho y dañarte los pulmones”, respondió Ramírez.

Una charla de amigos entrañables que el escritor nicaragüense compartió este martes en el homenaje a Carlos Fuentes, organizado por la Embajada de México y el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica.

El salón estaba abarrotado. Estuvo presente Carlos Fuentes el amigo, el hombre y el visionario de América Latina, a través de Sergio Ramírez Mercado, Claribel Alegría y Julio Valle-Castillo, los encargados de derribar la coraza de letras con la que muchos lo conocíamos y lo humanizaron ante nuestros ojos.

Asimismo, un video con diversas entrevistas nos develó a ese hombre para quien escribir era tan solo un verbo con diferentes significados, escribía sus obras a mano, quería ser caricaturista y leía El Quijote cada Semana Santa.

A continuación, Fuentes en fragmentos de los discursos de estos sus cercanos conocedores.

Claribel Alegría: “Hice todo lo que pude por contar la verdad”

“Su Majestad”, como se le conoce a esta escritora, dijo que la única vez que hizo gala de sus dotes teatrales fue con Carlos Fuentes, cuando la hizo imitar a Pablo Neruda. Asimismo, lo recordó como un joven lleno de anécdotas y a quien agradece porque la hizo escribir Cenizas de Izalco, novela que retrata los eventos del año 32 en El Salvador, cuando se dio la masacre de 30 mil campesinos.

“Yo seguía escribiendo mi poesía, fueron la Revolución Cubana y Carlos Fuentes los que me hicieron despertar, él insistía en que le contara más cosas de las que habían pasado en esa matanza imperdonable. Siempre que estábamos juntos me conminaba a que escribiera lo que vi, de lo que fui testigo. Yo me resistía porque no tenía el oficio de narradora. Darwin Flakol se ofreció a ayudarme. Fue un proceso difícil a cuatro manos. Cuando inicié la novela Carlos estaba feliz. Te agradezco Carlos de que casi nos obligaste a escribir la novela. Sin ti estoy segura que no lo hubiéramos hecho. Me siento más liberada. Más leve. Hice todo lo que pude para contar la verdad”.

Julio Valle-Castillo: “Era un gentleman”. Lo conocí cuando era un muchacho de 19 años, en México. En los sábados y domingos que íbamos a pasar el fin de semana con el maestro Ernesto Mejía Sánchez. En esas tertulias salíamos a tomar cervezas heladas en el mediodía caluroso de Cuernavaca.

Si hay un término que se le podría aplicar en la cultura anglosajona es gentleman, siempre pulcro, las uñas perfectas, el bigote cortado, era un hidalgo. Eso era Fuentes en el trato con las personas, en su relación.

A mí me sorprendía que me prestara atención porque yo era un mocoso, mal bachillerado en Masaya que se sentaba a oírlo junto a Mejía Sánchez, a quien lo unía la devoción por Alfonso Reyes.

Cuando se le impuso la Orden Cultural Rubén Darío, Ernesto Cardenal hizo el elogio, al día siguiente hubo un almuerzo en El Trapiche, me acerqué a saludarlo con afecto y me reconoció porque tenía esa cortesía, siempre fue un caballero.

Sergio Ramírez:  El último retrato

“...y él ya con los años encima que nunca lo hicieron vacilar, siempre firme en su pedestal, la mirada traviesa bajo las cejas, la estampa de actor de cine nunca dispuesto a retirarse, la lejana picardía de la juventud cuando estaba en la lista de los latin lovers que todas las gringas llevaban en su libreta cuando bajaban del avión en México DF. Siempre la corbata bien puesta, dispuesto a la risa a la menor provocación, la edad solo presente en el timbre ya un poco cascado de su voz cuando se ponía de pie frente al micrófono, como esta última vez en la Jhon Carter Library de la universidad de Brown, pronunciando Mexicam times en un inglés impecable que siempre me causó envidia.

Eso fue el martes 10 de abril de este mismo año (2012). ¿Quién nos dirá, de quién en esta casa, sin saberlo, nos hemos despedido?, dice Borge en su poema Límite. Y fue al día siguiente cuando sin saberlo nos despedimos a pocas semanas de su muerte. Un almuerzo. Las langostas más grandes del mundo que desbordaban el plato con su caparazón y sus antenas. Y el ojo que va a despedirse registra lo que de otra manera olvidaría: la corbata azul oscuro como un lampón rojo como dejado ahí por la brocha de un pintor descuidado. Llegamos primero y lo vi acercarse a través de la ventana, de la mano de Silvia. En la mesa le esperábamos Alfredo Echeverrya y Luce López-Baralt, un matrimonio de sabios; y Tulita y yo. Y él, maestro de la puntualidad, se había atrasado, nunca olvidaba la vez en Washington que nos había invitado a un restaurante y caminando a paso apresurado tras salir de la boca del metro lo divisamos de pie ya en la puerta consultando el reloj, como todo un caballero británico, encuentro tras encuentro; pero los relojes alguna vez se detienen. Nos despedimos en la calle bajo la llovizna para encontrarnos la próxima vez en Mallorca, en agosto, cuando entregaríamos el premio Formentor a Juan Goytisolo. Ya no habrá esa vez, pero en julio iremos a visitar su tumba con unas flores de las que ofrecen ahí cerca. Ayer hombres, hoy leyendas con temblor de aparecidos”.