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Son cuadros cuyas dimensiones resultan fantásticas y que fácilmente rebasan la altura promedio de un nicaragüense. Al proseguir el recorrido, la vista contrasta con la imponencia de los toros que recrea y la dulzura de los rostros de sus nicaraguapas, a quienes Efrén Medina ha consagrado gran parte de sus trazos.

“Para mí el arte tiene rostro de mujer. Las nicaraguapas son una serie que le ha puesto sello a mi obra, son las mujeres nicaragüenses a las que yo encuentro bellas, siempre me sale una nicaraguapa para seguir pintando y aunque me han preguntado quién es la modelo, solo puedo decir que es un secreto”, afirma Medina.

Este pintor que hizo su primera exposición individual en 1969, en Bellas Artes, fue alumno de Rodrigo Peñalba, también perteneció al grupo Praxis en tiempo del maestro Genaro Lugo.

Sobre sus habilidades, el artista compartió que también es dibujante y que ha hecho algunas esculturas en madera, asimismo, adelantó que tiene un proyecto para trabajar esculturas en hierro.

Efrén Medina se caracteriza por el empleo de técnica mixta de óleo y acrílico, aunque también hace dibujo a plumilla. Además, se nota en sus cuadros una recurrente presencia del mar, elemento que vincula a que “hace diez años un amigo me cedió una casa en el mar, en Casares, ahí solo pasan pescadores en lanchitas, pero en la noche miraba los barcos pesqueros, así comencé a fijarme en el mar y a pintar cosas más calmas, porque mi pintura en los tiempos de la guerra era bien fuerte”.

Ni menos importante ni menos frecuente es el tema taurino en sus cuadros, el que también deviene de experiencias vividas pero en este caso heredadas de su niñez, pues por la naturaleza del trabajo de su padre, tenían que viajar a un lugar donde había muchos toros. “Era al lado de Chontales, ahí yo miraba a los toros salvajes. El toro para mí significa fuerza y vitalidad”, aclaró.

Y en esa línea, hablamos sobre uno de los cuadros que presentará en la exposición Desconcertarte, este 8 de agosto en el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica, en el que vemos a un toro cuyos cuernos semejan una media luna y que tiene sus ojos viendo hacia el cielo, donde el astro de la noche aparece en su circunferencia completa pero la mitad es negra y la otra blanca, sobre eso el artista explicó que “son elementos de composición relacionados a los contrarios de la noche y del día, pero se deben a que me gusta jugar con los colores y la forma. Y el que tenga la cabeza hacia arriba es porque cuando los toros están en celos, ellos huelen a la vaca y se ponen en una actitud desenfrenada”.

El predominio de los ocres, los grises y los azules es una de las particularidades de este colorista que dice que ha tratado de “meterse” al blanco y negro pero no ha podido, porque siempre cae presa de la tentación por el color.

Y es esa pasión por las tonalidades la que lo llevó a obtener un premio de color, además de la Orden Rubén Darío y de ser seleccionado como el pintor del mes de julio de 2012 en la Pinacoteca del Banco Central de Nicaragua, entre varias distinciones.

Sin lugar a dudas, el impresionismo deja huellas en sus obras, en las que en algunos trazos nos transmite el delirio en una pintura estilizada que nace y fructifica en la soledad de su estudio ubicado en la parte posterior de la galería que lleva su nombre, un lugar donde se acompaña de sus pinceles y se abstrae del mundo, aunque dice que no se aísla porque está al tanto de lo que sucede afuera.