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Ese pueblo apacible que nos describe Sergio Ramírez Mercado en Un baile de máscaras es tan solo un retrato de ese su Macondo, que también podría ser el pueblo en el que “la Casa del cabildo era la principal edificación, con un largo corredor y postes para amarrar los caballos”, según refiere en el cuento El poder, un Masatepe que ha sufrido drásticos cambios, pero que sigue siendo esa villa que guarda con cariño en su memoria y de la que habla con orgullo provinciano, ese orgullo que inflama el corazón de los que han sobresalido en las grandes metrópolis a pesar de haber nacido en lugares con calles polvorientas.

Y en ese microcosmos llamado Masatepe se celebraría un baile de disfraces al que un Pedro el tendero asistiría vestido de beduino del desierto, más que para divertirse para arreglar cuentas con el don Juan del pueblo, Telémaco Regidor, el que había deshonrado a su hermana. Sin embargo, por duelo la fiesta no se realiza y en medio de una telaraña de historias, grita vigoroso al salir del vientre de Luisa la gravita el niño a quien su padre, Pedro Ramírez, el tendero, decide llamar Sergio, para recordar a un niño vizco que conoció cuando era vigilante en Diriamba.

Era el 5 de agosto de 1942. Hoy el primogénito del tendero cumple 70 años y recuerda que nació en un pueblo milenario.

“Cuando nací, Masatepe era un viejo asentamiento y ahora que leo el rótulo que dice que fue fundado en 1826 pregunto de dónde sacaron eso, porque es un viejo lugar cuyo nombre se perdió en el tiempo, era territorio chorotega al que llegaron los nicaraos y fundaron este pueblo y le cambiaron el nombre. Cuando el obispo Morel de Santa Cruz hizo una visita pastoral por toda Nicaragua habla de Masatepe como un pueblo que estaba dividido como yo lo encontré en mi infancia: en asentamiento de ladinos arriba y de indígenas abajo”.

Ahí vivió entre esa dicotomía de ladinos e indígenas, donde los entierros de los niños se festejaban con estallidos de cuetes y marimbas, celebrando que el niño fallecido era un ángel que subía al cielo. Ahí se formó entre otra relación de opuestos: era varón pero estudiaba en el colegio para niñas, lo que le valió enfrentar lo que llama “un estado de segregación doble, porque en la calle me hacían burla por ir a la escuela de niñas y en el recreo las niñas nos segregaban a los dos o tres varones que estábamos ahí”.

Para completar los caminos bifurcados, era hijo de madre protestante y de padre católico aunque no recuerda que él haya ido a una misa ni que ella asistiera a un culto, aunque doña Luisa se daba a la tarea de levantar a sus hijos para que fueran a misa.

Pero no solo en eso eran diferentes los Ramírez y los Mercado, pues doña Luisa era austera de carácter y don Pedro gustaba del humor y de las fiestas de disfraces. Y una generación antes, don Teófilo Mercado era rico mientras don Lisandro Ramírez era un pobre músico.

Y entre esas ambivalencias creció sin mayores exabruptos hasta que toda su cosmogonía cambió cuando salió de Masatepe para estudiar Derecho en León: “Mi padre me lavó el cerebro para que fuera abogado y entre las profesiones que se podían escoger en Nicaragua en ese momento era la que más se aproximaba al mundo que quería que se abriera ante mí”.

A los 16 años ya estaba en la ciudad Luz de Nicaragua, una especie de lo que fue París para los modernistas.

“Mi padre me envió a vivir en el cuarto de los inspectores nocturnos del Instituto Nacional de Occidente, pensando que ellos me protegerían de los peligros de la calle a los 16 años, pensaba que era débil como Pinocho, pero ahí fue mi escuela de vicios, uno de ellos tenía su ropero en un burdel, aprendí el escaliche hablando con otro de ellos, en fin, disfruté mucho esas compañías”, recordó.

Y quizás lo que nunca imaginó su padre es que ahí su hijo rompería con el único punto en común que tenían los Ramírez y los Mercado: ser adeptos al partido de Somoza.

“En León me encontré con la rebelión de los estudiantes contra Somoza y yo rápidamente estaba metido en esa urdimbre de protesta. Sin embargo, admite que “la masacre del 23 de julio fue lo que marcó para siempre mi vida, porque el ataque de la GN me definió abruptamente y adquirí un compromiso de lucha muy definido”.

Su decisión llegó al extremo de negarse ante la Juventud Somocista a firmar el libro rojo de los leales a Somoza, por lo que tuvo que salir del cuarto de los inspectores del INO y fue despedido de su cargo como bibliotecario del instituto, donde devengaba un salario de 150 córdobas.

Inquieto como muchos pero audaz como pocos, abrió junto a otros estudiantes un radio periódico en Radio Atenas, y subsistía con lo que les pagaban por los anuncios y “no necesitaba que mis padres me mantuvieran a los 17 años”.

Testigo y actor de la historia

Sin lugar a dudas, Sergio Ramírez es un hombre que ha vivido de cerca hechos históricos relevantes para el país, pues también pertenece a la llamada generación de la autonomía y por su perspicacia fue secretario de relaciones públicas de la universidad, por lo que acompañó al doctor Mariano Fiallos en sus visitas al recinto de Managua.

“Yo aprendí de él a vivir su lema de a la libertad por la universidad, a creer en el estadio laico, y a no creer en verdades absolutas”, afirma.

No puede olvidarse que en León inició su carrera literaria al publicar en la Revista Ventana, que fundó junto a Fernando Gordillo a la par del movimiento literario Ventana, su cuento El Estudiante, con el que se estrena como escritor. También militó en el Frente Estudiantil Revolucionario y cuando estaba por graduarse y por casarse, el doctor Fiallos le aconsejó que se fuera a Costa Rica como jefe de Relaciones Públicas del Consejo Superior Universitario Centroamericano, porque allá estaba el doctor Carlos Tünnerman y era el secretario.

“Todo fue rápido, me gradué en junio, en julio me casé y el mismo día que nos casamos nos fuimos a vivir a San José, donde nos quedamos 14 años”, comenta.

Y se casó con Gertrudis Guerrero, su amada “Tulita”. Una chica de 16 años a quien observaba desde un ventanal ubicado en el segundo piso de la facultad de Derecho: “Ella pasaba con su uniforme cuando salía del colegio La Asunción y la miraba atravesar la Plaza Jerez, porque se iba a pie a su casa, después llegó a trabajar a la facultad porque era bachiller y secretaria, ahí nos hicimos novios. Recuerdo que ella pasaba a máquina los cuentos que publicaba en ventana. Cuando nos casamos y nos fuimos a San José, éramos inexpertos, ahí nacieron mis tres hijos y juntos logramos aprender a ser padres”.

Al parecer la vida lo siguió poniendo frente a disyuntivas pero a pesar de ser muy joven siempre atinó a tomar decisiones acertadas. Así, en vez de ir a España a hacer un postgrado en derecho se fue a Costa Rica, cuando se fue a Alemania con una beca de escritor despreció una beca para estudiar Administración Pública en California, porque “decidí que quería ser escritor, no burócrata”. Cuando volvió eligió el camino de la revolución y despreció la oportunidad de irse a trabajar como guionista de cine, “porque sentía en mí la necesidad de contribuir al derrocamiento de Somoza y con todo lo que había logrado a esa fecha mi figura podía contribuir a acabar con el mito de que los sandinistas eran marginales y terroristas, objetivo que perseguía Eduardo Contreras con su idea de crear un gran frente nacional sin sectarismos”.

¿Cuál fue su papel en los 80?

“Teníamos el poder en la mano. Yo estaba tirado a la tendencia tercerista. Fui del grupo de los 12, hubo mucha lucha para ver cómo se articulaba la junta de gobierno hasta que quedamos los cinco. Mi rol fue múltiple, me tocó ayudar a administrar el gobierno, cuando fui electo vicepresidente me tocó la dirección del gobierno porque Daniel se ocupaba de otras cosas, también era agente diplomático, negociaba y daba la cara por la revolución, era un rol muy intenso, porque salía de mi casa a las ocho de la mañana y volvía a las once. Sacrifiqué la familia y la literatura, estaba comprometido profundamente con la causa”.

Y aunque mucha gente lo juzga, lo absuelve o lo condena, por ese rol que jugó, el escritor que también celebra los 50 años de una carrera literaria más que exitosa, afirma que todo es parte de la experiencia en la vida, “ninguna experiencia se desprecia, no tengo nada de qué arrepentirme”.

Si bien no se preparó Un baile de máscaras para celebrar este acontecimiento, ni habrá beduinos del desierto, se vivirá una gran fiesta literaria que iniciará el martes 8 de agosto y se extenderá hasta finales de mes cuando se dé al conocer el nombre del ganador del concurso de cuentos de la revista Carátula y la proyección del cortometraje El Centerfielder.