•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Cuando el telón se abrió el contraste entre la tenue luz del escenario y el blanco resplandeciente del ropaje que envolvía a Los Vivancos, se convirtió en la antesala de un espectáculo en el que la puja entre opuestos, la eterna lucha entre el bien y el mal, entre lo sublime y lo terreno fue uno de los ejes semánticos en torno del que giró Aeternum.

Gritos, suspiros y aplausos amenizaron la atmósfera de la Sala Mayor del Teatro Nacional Rubén Darío este martes, que estaba colmada por un público que quedó más que complacido con la actuación de los jóvenes bailarines, que más allá de siete figuras que en el escenario parecían esculturas en movimiento, resultaron artistas osados que desafiaron la Ley de la Gravedad al bailar de cabezas, pendiendo de una estructura metálica.

Los siete hermanos españoles que han recorrido el mundo con su espectáculo, no solo deleitaron con el rítmico paso acelerado del zapateo y el estilizado movimiento de manos del flamenco, sino que mostraron la virilidad propia de las artes marciales, la elegancia de la ejecución de instrumentos de orquesta y la singularidad de las acrobacias.

Con una producción musical a tono con la calidad del juego de luces y la ejecución de las danzas, Los Vivancos dejaron una huella indeleble en cuanto a calidad de espectáculo, al punto que provocaron un desborde de fans que hicieron filas para obtener un autógrafo y estrechar la mano de quienes en las tablas lucieron como dioses del ritmo con su estilo que llaman vivancadas.