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Érase una vez un sembrador llamado Rafael que quería enseñarle a su hijo Pedro ¡cuán hermoso es cultivar la tierra en que habitamos! Él tenía un extenso pedazo de tierra en el que día a día se dedicaba con amor y esmero a cultivar esa hermosa tierra bendecida por Dios y que con sus manos gloriosas recogía el fruto de su arduo trabajo. Sin obviar, el padre expresaba la gran dependencia que tenía de la tierra, consejo que se venía transmitiendo de generación en generación.

El campo era muy fértil ya que año tras año sus cosechas eran muy productivas. Día y noche eran labradas las laderas de esta tierra para que sus hortalizas fueran las mejores de la región.

Un día el sembrador cayó en cama con una enfermedad que le impedía levantarse y le imposibilitaba seguir trabajando sus cultivos, por lo que tomó la decisión de llamar a su único hijo y exponerle lo siguiente: -hijo mío tienes que hacerte cargo del trabajo de nuestras tierras. Tienes que ser un buen sembrador y aprender a querer nuestras tierras como yo las he amado y trabajado. El hijo asustado le dijo: -Padre tú eres el mejor sembrador y nunca podré hacerlo como tú-. El padre le contestó: -hijo mío… tienes que reflexionar y verás que la tarea que te he encomendado es muy sencilla y tienes que perseverar ante cualquier dificultad que se nos presente en la vida, y tienes que caminar paso a paso y no desanimarte ante cualquier obstáculo. Así que debes aprender a limpiar y cultivar este pedacito de tierra- y le señaló el campo con su mano áspera de tanto trabajo. -Al final habrás aprendido a ser un excelente sembrador- agregó.

El joven puso en práctica los consejos y enseñanzas de aquel hombre ya cansado por la edad y enfermedad. Una mañana muy fría el joven se dirigió a las tierras y comenzó a quemar el pasto, arar y a fertilizar, para luego pensar de qué forma le sacaría provecho a esas hermosas tierras tomando en cuenta que tenía una ventaja a su favor, ya que por uno de los lados de la finca desembocaba un caudaloso río.

Sentado en una hermosa piedra ya al atardecer de un agotador día, se le ocurrió que las tierras las dividiría en dos partes, uno de los lados más sombreado lo ocuparía para las hortalizas, y el otro lado por donde pasaba el río San Juan lo ocuparía para la siembra de arroz, imaginando en el campo futuras generaciones que de igual manera dependían del cultivo de la tierra, escuchaba sonrisas de niños bañándose en el río. En algunos meses su proyecto se dio por realizado y con mucha alegría llegó donde su padre, arrodillado al pie de su cama le dijo: -padre… mi gran esfuerzo ya dio sus frutos.-

El padre con gran asombro miró con ojos de alegría el esfuerzo que su hijo había hecho cultivando sus tierras que por años desgastó todas sus fuerzas, con lágrimas en sus ojos ya envejecidos, le dijo: -con esmero y amor has logrado mi cometido y me siento orgulloso-. Ya solo el anciano dirigió su mirada al Cielo y añadió: -¡gracias Dios mío por tanta felicidad!, pero hoy ya puedo decir que estoy preparado para tu llamado ya que he logrado que mi hijo se valga por sí mismo y le he dejado como herencia toda mi experiencia en amor y trabajo a la tierra como todo un gran sembrador. Hoy mi campo tiene un nuevo sembrador…-.