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Una ciudad moderna en la que la creatividad del ser humano y su capacidad para construir quedaban al desnudo. Edificios con grandes torres y construcciones unidas por el denominador común de la modernidad, refutada con el merodeo de un robot que asomaba “sus narices” en cada una de ellas.

Quizás era una ciudad futurista, pero más allá del diseño, lo que impactaba de ella es el material con que fue edificada, pues cada columna y cada base estaban hechas de comida.

Carnes, vegetales y postres fueron los cimientos utilizados para poder lograr construir esta obra de arte levantada por Marc Brètillot, diseñador culinario francés que llegó al país invitado en el marco de la celebración de la quincena de la francofonía.

Estas obras comestibles están inscritas en el food design, “un concepto provocador en el cual la comida se transforma en obras de diseños. Una mezcla de experimentación y fantasía en la que el cocinero no solo busca satisfacer el gusto y el olfato, sino también la vista”.

Así que esta técnica culinaria permite que los alimentos pasen del plano meramente nutricional a la esfera de lo estético y del deleite artístico devenido de la creatividad del diseñador.

En el caso de Brétillot, uno de los más destacados en este campo, la noche del lunes hizo gala de sus conocimientos en una muestra organizada por la Embajada de Francia y la Alianza Francesa de Managua en el Hotel Holliday Inn, donde los asistentes no solo admiraron la “construcción” sino que también participaron en la degustación de las dos fases de la ciudad: la salada y la dulce. Los edificios de zanahorias, las columnas de pan y las paredes de carnes debidamente sazonadas se convirtieron en atractivas y tentadoras estructuras que no solo impactaron por su forma sino también por el sabor.