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  • EFE Reportajes

En cada rodaje es inevitable que surjan encontronazos entre los actores y el director, debido a los diferentes enfoques que cada uno tiene en cuenta a la hora de grabar una escena, si bien en la mayoría de los casos las discusiones se dirimen en el momento que ambas partes alcanzan un acuerdo, o bien jurándose rencor eterno y proclamando que no volverán a trabajar juntos.

Sin embargo, a veces el realizador consigue engañar a los intérpretes para que trabajen de acuerdo con su voluntad, y estos no se percatan del embaucamiento hasta que la película se estrena, como les pasó a los protagonistas de la mítica “Blade Runner”, con el director Ridley Scott.

En “Blade Runner” Harrison Ford interpreta a Rick Deckard, un policía del futuro que debe dar caza a un grupo de robots renegados o “replicantes”, encabezados por Rutger Hauer, de fuerza sobrehumana y rebelados de sus amos humanos con el objetivo de encontrar a su creador.

El giro de guión que tanto ha entusiasmado a los admiradores de esta cinta de culto descansaba en el hecho de que el protagonista, al final, fuera un propio robot sin saberlo, en una decisión del director que se descolgaba de la novela original de Philip K. Dick y con la que nunca comulgaron ni Ford ni Hauer.

En diversas entrevistas Ford declaró que “para los espectadores era importante tener a un representante humano en la historia”, perspectiva respaldada por Hauer, quien en su autobiografía consideraba que el clímax, de esta manera, suponía una batalla más entre dos robots en lugar de entre el Hombre y la Máquina, como reflejaba el final original.

Las continuas discrepancias entre el director y el protagonista, propiciaron que Scott preservara las dos opciones hasta el final, e incluso llegara a comprometerse con Ford que en la conclusión su personaje no sería un replicante, pero se quedó con el único cierre que desde el principio le había interesado, traicionando a sus dos protagonistas.

Las argucias de Stanley Kubrick en “Dr. Strangelove”

Cuesta creer que la única comedia del legendario Stanley Kubrick, “Dr. Strangelove or how I learned to stop worrying and love the bomb”, se construyese a partir de una novela seria, “Red alert”, escrita en 1958 por el británico Peter George.

Si bien Kubrick decidió en los primeros momentos del rodaje que rodaría una sátira sobre la Guerra Nuclear, se le presentó el problema de que muchos de los intérpretes habían sido contratados para participar en una producción bélica, entre ellos George C. Scott, posteriormente galardonado con un Óscar por “Patton”.

Según recuerda en el Wall Street Journal el actor James Earl Jones, también presente en el reparto, el director resolvió su dilema induciendo a los actores a rodar tomas “de prueba”, relajados y tratando de mostrar su lado más desatado, decisión que no convenció a Scott hasta que Kubrick no le prometió que esas tomas jamás verían la luz.

La mentira resultó evidente pronto: la cámara rodaba cada momento y las desenfrenadas tomas conformaron la película definitiva, hasta el punto de que Scott montó en cólera y juró, según James Earl Jones, “no volver a trabajar con Kubrick”, promesa que cumplió hasta el final de su carrera.

 

“Ben Hur”, una trampa épica

El colosal rodaje de “Ben-Hur” firmado por William Wyler, no reparó en gastos de producción, medios, escenarios, actores, e incluso contó con cuatro guionistas sin acreditar, uno de ellos el escritor posteriormente prestigioso Gore Vidal.

Vidal declaró en el documental “The Celluloid Closet” que suya fue la idea de imbuir una tensión sexual entre el héroe y el villano, Ben-Hur y Messala, que fuera lo suficientemente sutil para la censura de la época, la mentalidad de los espectadores y para el propio protagonista, el ultraconservador Charlton Heston.

La idea de Gore Vidal cautivó a William Wyler y a Stephen Boyd, el actor que interpretaba a Messala, y entre los tres llegaron a la conclusión de que Heston, por su ideología, jamás aceptaría interpretar a un personaje homosexual, por lo que habría que engañarlo manteniéndole ajeno al matiz que se pretendía implantar.

De este modo, se apuntaba a una posible historia de amor entre los personajes de Ben-Hur y Messala previa a los sucesos descritos en la cinta, y que el odio reconcentrado de Messala hacia su amigo tras discutir de política escondía un torrente de sentimientos no correspondidos por su antiguo amante.

Stephen Boyd rodó así su papel totalmente advertido de las emociones que tenía que transmitir, mientras que Heston, inconsciente, únicamente se dirigiría con su habitual altivez a un compañero de la infancia, del mismo modo que Ben-Hur se dirigiría a Messala si tratara de olvidar la relación amorosa del pasado.

El documental The Celluloid Closet, en el que Vidal revelaba todo el engaño, no se estrenó hasta 1995, momento en el que un Heston sorprendido y enfurecido acusó al escritor en el Sunday Calendar de mentir por resentimiento, debido a que Wyler no le permitió introducir tantos cambios en el guión como él hubiera deseado.

Vidal respondió a estas acusaciones con un artículo en Los Ángeles Times publicado el 17 de junio de 1996, en el que citaba determinados pasajes de un libro que reconocía y alababa su implicación en Ben-Hur, oportunamente, dicha obra resultaba ser la autobiografía del propio Charlton Heston.