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Ana Gabriel siempre recuerda que su éxito se debe al trabajo diario. Que si ha prevalecido es porque tiene un público cautivo ganado a base de esfuerzo y dedicación. La noche del sábado, ese público íntimamente unido a las letras de la cantautora mexicana y a su voz fue testigo de una trabajadora que ama lo que hace. Una trabajadora que, con una carrera musical de 40 años, sigue derramando lágrimas sobre el escenario, sigue bailando con una energía y una fuerza envidiables, sigue sonriendo, emocionada ante la respuesta del público. En fin, sigue siendo sincera, cualidad tan importante en el arte.

La antesala del evento, traído por Premier Producciones, fue del artista de Masaya Nieve Martínez. El nicaragüense se aventuró con canciones imperecederas como “Un beso y una flor”, “Bella idiota”, e incluso interpretó en francés “La vie en rose”.

Ligeramente pasadas las diez de la noche apareció Ana Gabriel. Y valió la espera. Algunos gritos evidenciaron la presencia de fans auténticas, de mujeres que esperaban este momento no desde las ocho de la noche, sino desde noches lejanas, cuando el amor o el desamor cobijaban sus vidas con la “voz ronca” de la artista de Sinaloa.

A pesar de su juventud, el caso de Yenis Membreño avanza por esos rieles. Feliz, compartió: “Soy fan de Ana Gabriel desde que tenía 11 años. Mi mamá era fan de ella y yo la seguí. Me sé todas sus canciones, mi sueño era venir aquí, conocerla. Mi mamá me cumplió ese sueño. Ella está en Miami y yo le pedí que el día que Ana Gabriel viniera a Nicaragua yo quería ir, y me lo hizo realidad”.

El espectáculo

La cantante vistió de rojo amor, con un blazer de brillantinas que aparecen y desaparecen dependiendo del ángulo en que se observe. Es decir, un atuendo que brilló para todas las miradas.

En el parqueo de Galerías Santo Domingo, el público cantó a todo pulmón “Ay Amor”. De hecho, Ana Gabriel confió parte de la canción a la presentación “a capela” de los asistentes, y no defraudaron a su ídolo. Pero cuando el ambiente “estalló” literalmente, fue con la canción “Cosas del amor”, que muchos conocen como “Amiga”. De más queda mencionar que muchas parejas de espectadores eran precisamente eso, amigas. Muchas de ellas íntimas, de esas que conocen las miradas de complicidad propias de años y memorias juntas. De las que se cuentan todo y se aconsejan.

Pero no era ocasión de lamentar amores idos, sino de celebrar melodías. Y de eso se encargó Ana Gabriel con su talento sobre la tarima. “¡Seamos felices, que tenemos derecho!”, gritó.

“Luna” tiñó la escenografía de azul, y Gabriel no abrió sus ojos ni un segundo durante el tema. Lo cantó con el alma. “Quién como tú”, sin embargo, la cantó con una jovialidad y una picardía singulares. Llenó la canción con movimientos de joven enamoradiza cuyo único propósito es atrapar a los escuchas con la constancia de su experiencia.

El momento cúspide de la noche llegó cuando le dieron una bandera de Nicaragua. La cantante la alzó, la levantó y la acomodó en sus hombros diciendo: “Así como elevo esta bandera de Nicaragua, he elevado la mayoría de Latinoamérica. Mi voz no tiene fronteras. Mi voz no tiene nacionalidad. Por eso cuando las elevo lo hago con mucho orgullo”.