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Los agresores suelen tener una baja autoestima, lo que les produce frustración y la forma como ellos alivian la frustración es a través de la agresión. Creen que ejerciendo poder o control sobre la mujer les hace más “machos”. Cualquier actitud, comportamiento, gesto o comentario que ellos consideren que puede disminuir su autoridad o dignidad será respondido con violencia.

Estas personas necesitan urgente ayuda, no van a cambiar por sí solos. El problema es que no lo reconocen, ni aceptan jamás que necesitan someterse a tratamiento para modificar su comportamiento. Ellos siempre creen que es la mujer la que tiene el problema.

Los psicólogos de la Universidad de Arkansas, dedicados al estudio de la violencia doméstica, distinguen tres tipos de hombres que agraden a sus parejas:
Aquellos hombres con características psicopáticas. Muestran una profunda falta de compasión, escaso control de los impulsos; con frecuencia tienen problemas con la ley, tienden a abusar de las drogas y el alcohol y es posible que hayan sufrido abusos en su infancia.

Hombres que están constantemente enfadados y se muestran infelices. Tienen problemas con el abuso del alcohol y drogas, y en su haber tienen una larga historia criminal. Estos hombres no tienen trastornos de personalidad específicos ni tendencias psicopáticas.

Hombres con comportamiento muy agradable en su trabajo, con los familiares, los amigos, y los vecinos, pero en la intimidad de su hogar son agresores. Estos hombres no tienen ningún trastorno de personalidad y limitan exclusivamente la agresividad a lo interno de la familia.

El desarrollo de la violencia en la familia
Parece ser que en los hogares que hay violencia se pasa por tres fases bien diferenciadas, que se repiten una y otra vez:
Fase de maltrato
Comienza con mal trato psicológico. Lo primero que hace es minar la autoestima de la otra persona por medio de insultos, desprecios, etc. Esto hace que la tensión en la pareja aumente. Se pasa luego a las discusiones, los gritos, la ruptura de objetos y, finalmente, un buen día, en medio de la discusión se pasa a la agresión física. En ese momento el agresor siente un gran alivio, pues con su comportamiento libera la tensión que tiene acumulada. Esta sensación puede ser un componente importante a la hora que se vuelva a repetir el maltrato.

Fase de reconciliación
El agresor se da cuenta de que ha causado mucho daño a la víctima. Puede verlo cada vez que mira a la víctima. Se vuelve más amable con ella, trata de obtener su perdón. Se inicia todo un juego, porque incluso le lleva regalos, la invita a salir y a menudo le dice que la quiere mucho. La víctima está recelosa y atenta, por lo que el agresor se esfuerza para que la víctima refuerce sus lazos de dependencia.

La fase de ambivalencia
La víctima no sabe qué hacer. No comprende la situación y sus sentimientos de amor hacia el agresor y los lazos de dependencia afectiva y económica que tiene establecidos con él hacen que empiece a creer en sus excusas y en sus razonamientos. Los golpes y las palizas no se olvidan, pero estos han empezado a curarse y el agresor resulta amable, y ella necesita tanto afecto y se tendría que enfrentar a tantas situaciones nuevas para ella, que al final cede. Es el comienzo nuevamente de la primera fase.

La separación entre las fases es mayor al principio de la relación, pero cada vez que se repiten las fases se aproximan. Solo una paliza descomunal puede hacer que se alarguen los períodos. Durante este período el agresor vuelve con sus promesas y la víctima le cree una vez más, sólo para volver a comenzar el círculo vicioso.

Si usted no está viviendo una situación de violencia intrafamiliar, considérese dichosa, pero si llegase a presentarse una situación de este tipo, con una sola vez, el agresor debe someterse a tratamiento para descubrir cuál fue la causa que lo empujó a actuar de esta manera, esto para evitar que vuelva a suceder.

De lo contrario, no lo dude volverá a pasar, solo es cuestión de tiempo; pues con cada paliza él se siente más fuerte, más impune y su control es mayor. La víctima, sin embargo, cada vez tiene menos fuerzas, va erróneamente aprendiendo que: no tiene escapatoria, no puede pedir ayuda, está sola, que ella se lo merece. Si no logró detenerlo al inicio, ahora ya es muy tarde para controlarlo.

El agresor mantiene su brutal comportamiento
Uno de los principios básicos para que un comportamiento determinado se repita es que sus consecuencias sean positivas e inmediatas. Entre las consecuencias positivas para el agresor es que en la víctima produce elevado estrés, que la lleva a una depresión del sistema inmunológico, y como consecuencia, le aparecen un mayor número de enfermedades, baja autoestima, depresión, intento de suicidio, consumo de alcohol y drogas, incapacidad a causa de las lesiones, abortos, fallecimiento a manos del agresor.

Las consecuencias negativas como denunciarlo ante la Comisaría de la Mujer, que lo arresten y otras, las ve muy lejanas. ¿Quién lo va a denunciar? Él se ha encargado de “lavarle el cerebro” a la víctima para que no lo denuncie. El aislamiento social y familiar al que la lleva hace que nadie en su entorno se entere. Su cuidada imagen ante los demás contribuye a que en caso de que se atreva a tener cualquier iniciativa de pedir auxilio, nadie le crea, e incluso ante una denuncia declaren a su favor.

También, un problema muy importante a la hora de poner la denuncia es que muchas mujeres y algunos hombres van muy decididos a ser firmes con la denuncia, pero poco tiempo después desisten de ella. Las autoridades ante este comportamiento de la víctima se ven imposibilitadas de continuar con el caso. Pero no hay esperanzas: poco tiempo después el ciclo de violencia intrafamiliar volverá a presentarse. Creo que debería reformarse la ley y permitirle a las autoridades que puedan seguir estos casos de oficio.

Otra razón por la cual debería cambiarse la ley es porque muchas mujeres llegan golpeadas a las salas de emergencia de los hospitales o a las consultas privadas de los médicos; en estos casos la ley debería obligar a los galenos a enviar la respectiva denuncia a las autoridades para que estas inicien un proceso de investigación de oficio.

La violencia intrafamiliar, ya sea provocada por el hombre o la mujer, debería considerarse un problema de Estado por la gravedad de las secuelas que deja en la víctima y en los hijos de ésta. Deben hacerse campañas continuas que sirvan para animar a las víctimas a denunciar a sus agresores, dar ayuda económica a las víctimas y propiciar lugares en los que puedan sentirse seguras tras denunciar al agresor.


¿Por qué se produce la violencia intrafamiliar?
Diversas investigaciones apuntan a modelos familiares en la socialización y el aprendizaje de determinados patrones de conducta.

El niño educado en el seno de una familia en la que habitualmente hay violencia, es probable que reproduzca posteriormente estos mismos patrones de conducta.

Una niña educada en una familia en la que hay violencia intrafamiliar va a aprender una serie de patrones de conducta confusos que van a dar lugar en el futuro, no a conductas violentas generalmente, sino a conductas de sumisión, que van a ir además acompañadas de una mayor incapacidad para reconocer claves que anticipa violencia cuando se produce una situación de estas características.


Perfil típico del agresor
Baja autoestima que intenta elevar con conductas violentas y que no son más que demostraciones de poder. Suelen ser personas insatisfechas, frustradas y egocéntricas que pretenden que los demás se plieguen a sus propios deseos, reaccionando con comportamientos agresivos cuando esto no sucede. Suelen provenir de familias desestructuradas y conflictivas; han recibido una educación estricta, no dialogante y en muchas ocasiones también violenta.

Son personas que mantienen actitudes sexistas y defienden todos los estereotipos de la mujer. No asumen sus conductas violentas como un problema y por el contrario tienden a justificarlas y minimizarlas. Son además personas celosas y dominantes.


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