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Llegar al final del callejón y pensar que no hay nada más allá de ese punto, desespera a cualquiera. Jean Marc Calvet no fue la excepción a esa regla.

Un hombre tatuado hasta los tuétanos y con verdugones en el alma, atormentado por los fantasmas de un pasado oscuro que lo invitaba a sumergirse en las dolorosas aguas del sinsabor y la desilusión.

Huía de todo porque todo le causaba asco. Su existencia marcada por los abusos infantiles, las drogas, el sicariato y una infinidad de papeles en los que se desdobló a lo largo de su vida lo llevaron a caer a manos de un mafioso que lo mantenía prácticamente sometido.

Cuando llegó el punto de que las estrellas se alinearon y conspiraron a su favor, pudo huir con dinero robado al delincuente al que servía. ¿Rumbo? No tenía ninguno definido, hasta que llegó a Costa Rica, donde permaneció algún tiempo.

Fue en ese país donde el francés tocó fondo y decidió ponerle fin al hilo que lo comunicaba con el exterior. Encerrado, sin ganas de comer ni de nada, estaba preparado para dejarse morir.

Redención

Sin embargo, llegó un baldazo inesperado. Se encontró una cubeta de pinturas y empezó a sanar sus heridas embijando las paredes de color. Así, a los 38 años, el hoy famoso pintor Jean Marc Calvet, descubrió que la pintura era un bálsamo curativo.

Todas esas peripecias las recoge la película Calvet, del director Dominic Allan, quien se dio a la tarea de seguirlo por los lugares donde había dejado fragmentos de su vida. La redención del pintor llega hasta que se reencuentra con el hijo que abandonó y sus obras hoy en día están en grandes exposiciones.

La cinta se exhibirá hoy en el Centro Cultural de España en Nicaragua, a las 7 de la noche y la entrada será completamente gratis.