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En las aulas universitarias se preparaba para ser psicóloga, pero tenía la espina de la música en el corazón. En su casa la ponían a cantar desde muy pequeña y sus hermanos tocaban diversos instrumentos.

A los cinco años cantó por primera vez en un teatro, pero en secundaria su amiga Idania Fernández era una de sus motivaciones para hacerlo, incluso viéndola tocar guitarra ella aprendió a hacerlo. Luego en la universidad se hizo amiga de Arlen Siú, junto a quien también cantó. Sus dos amigas, fuentes de inspiración, cayeron en la insurrección contra la dictadura somocista.

Hoy, Marlene Álvarez es la profesional que siempre quiso ser, sin embargo, carga en sus espaldas una historia digna de ser contada: la lucha desde la trinchera de la música junto a sus amigos con los que integró el grupo Pancasán.

¿Cómo llegó a Pancasán?

La mayoría de estudiantes de la UNAN estábamos organizados. Había movilizaciones en las calles y en algún momento se vio la necesidad de agregar un elemento más agitador, y fue cuando empezamos a poner canciones de protesta a todo volumen. Después de las actividades nos sentábamos a compartir los temas que nos sabíamos y así darnos a conocer entre amigos y amigas.

De repente llegó la orientación de que debíamos cantar, para lograr llamar la atención de los represores a la ciudad, para que se bajara la presión en las montañas.

¿Por qué eligieron ese nombre?

En una actividad conmemorativa de la jornada de Pancasán nos llamaron al escenario, y como no teníamos nombre, una de las dirigentes nos presentó como grupo Pancasán, y así nos quedamos porque es algo muy significativo. Después de eso ya nos organizamos más seriamente.

¿Cómo fue la experiencia en los años de lucha?

Muy intensa. Estábamos envueltos en una energía de compromiso, de trabajo, pensando en qué futuro queríamos para nuestros hijos y nuestro país. Fue peligroso. Nos asediaba la Guardia. Queríamos poner nuestro grano de arena a pesar de los riesgos. Estar vivos es ganancia. Todos los días que íbamos a la calle o sin salir, porque había muchos orejas en la universidad, sabíamos que podíamos ser capturados y asesinados.

Encontrarse cada día era una verdadera alegría, eso ahora puede sonar raro, pero en realidad nosotros no pensábamos en nosotros mismos sino en la sociedad. Ser joven era un delito.

Estudiábamos, leíamos mucho, ya fuera por orientación escolar o por iniciativa propia, porque estábamos en una búsqueda continua, nos sentíamos parte de un gran movimiento internacional en búsqueda de mejores condiciones de vida para la gente.

¿Por qué se comprometieron?

Yo creía en una causa y no me comprometí por ningún dirigente sino por el pueblo como tal. No seguíamos a nadie sino el sueño de ser libres. Entendimos que era necesario e importante dar nuestro aporte desde el arte, con todos los riesgos que eso implicaba.

Era hermoso poder alentar a la gente cantando a todo pulmón, sin usar micrófonos y sabiendo que podía ser el último concierto.

¿Qué sientes al ser de las pocas mujeres involucradas en el canto revolucionario?

En realidad al inicio éramos más mujeres que varones. Entre ellas Aura Amanda Cuadra, que fue fundadora e impulsora del grupo; Martha Sandoval y Patricia Mulligan, sin embargo ellas se fueron involucrando en otras tareas, hasta que quedé solo yo.

 

5 años han pasado desde la última vez que se reunió Pancasán.

 

17 de junio se dará cita con Pancasán en la Ruta Maya.