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  • AFP

Un padre disfrazado de niñera, un DJ militar insolente, un asesino o un profesor de literatura rebelde: el actor estadounidense Robin Williams demostró hasta su muerte este lunes a los 63 años que dominaba el arte de hacer reír gracias a su don natural por la comedia. 

Hollywood se deshizo en halagos hacia "el hombre más divertido del mundo", "el genio de la comedia" convertido ya en leyenda, que se alzó con un Óscar a Mejor actor de reparto en 1998 por "En busca del destino" gracias a su particular "energía". 

Williams se convirtió en el actor que lograba que el público se retorciera de la risa, al tiempo que cultivó su faceta más humana y desinteresada involucrándose en decenas de causas caritativas.

Antes de pisar con fuerza los platós de televisión y cautivar a la audiencia con "Mork & Mindy" a finales de los 70, se subió a los escenarios de los teatros de Estados Unidos donde perfeccionó su habilidad por la improvisación, que ya mostró en la prestigiosa Julliard School.

Con su penetrante mirada y su camaleónico rostro, el actor exploró todos los registros de las emociones del ser humano con un delicado equilibrio entre las risas y las lágrimas.

Al margen de sus interpretaciones, también se forjó una respetada reputación con su capacidad por imitar acentos y modificar su voz, que prestó al carismático "Aladdin" de Disney o al film "Robots".

Una de sus interpretaciones más logradas y que quedará grabada en la retina del público fue la de la niñera "Mrs. Doubtfire" (1993), un personaje inventado por un padre divorciado en su esfuerzo por mantenerse cerca de sus hijos.

El actor, que logró cuatro Globos de Oro, tenía previsto grabar el próximo año la segunda parte de esta exitosa película, que conquistó a pequeños y grandes.

Williams también demostró una gran sutileza en "En busca del destino", por la que en 1998 logró el único Óscar de sus casi 40 años de carrera, un premio que recompensó su papel como psicólogo que ayuda a un hombre superdotado con problemas físicos.

Una década antes, en 1989, dio vida a un profesor de literatura inglesa y grandes ideales en "La sociedad de los poetas muertos", una película que marcó a toda una generación.

Este maestro, que hacía decir a su alumnos "Capitán, oh mi capitán", preconizaba que hay que vivir la vida bajo el lema del "carpe diem", unas palabras que marcaron a todos aquellos que sucumbieron al film.

Del otro extremo del abanico dramático se puso en la piel de los personajes más oscuros y retorcidos, como el asesino en serie de "Insomnia" o el gerente trastornado de un fotomatón que acosa a una familia en "Retratos de una obsesión", ambas de 2002.

Adicciones y depresión

La industria del entretenimiento lloró de inmediato la muerte de uno de sus actores más queridos, mientras las redes sociales se llenaron de mensajes y fotos en su honor y los fans depositaron flores en su estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood.

A lo largo de su vida, Williams, nacido en Chicago (norte de Estados Unidos), luchó varias veces contra su adicción al alcohol. En 2006 anunció que ingresaba en un centro de desintoxicación al reconocer su recaída tras más de 20 años sobrio.

En 2009 tuvo que afrontar una delicada operación de corazón, en la que los médicos le cambiaron las válvulas aórtica y mitral para regularle su ritmo cardíaco.

A pesar de ello, nunca bajó su ritmo de trabajo. En 2014 terminó los rodajes de tres películas que se estrenarán entre este año y el que viene, y tenía varios proyectos agendados para 2015.

Pero también tuvo que afrontar los estragos de una fuerte depresión, que en los últimos tiempos lo tuvo más hundido de lo habitual.

Casado tres veces -en 2011 contrajo matrimonio con Susan Schneider- y padre de tres hijos, en alguna ocasión fue descrito como bipolar, una enfermedad común entre los artistas.

Pero siempre puso buena cara al mal tiempo y mantuvo el humor en sus momentos de mayor debilidad. "La cocaína es la manera que tiene Dios de hacerte comprender que ganas demasiado dinero", llegó a reconocer.