Jorge Eduardo Arellano
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Ave María, siempre en tus ojos
la huella imborrable de un dolor inmenso
Ave María, tus ojos hermosos color de miel nueva
o del trigo maduro de la Palestina.

María, María, tus ojos hermosos
los más dibujados, los ojos copiados, soñados,
bordados, descritos, los más comentados
de todos los tiempos.

Tus manos, María, de niña o de adulta
nunca son tan suaves, se notan las venas,
la piel se ha hecho fuerte por la faena diaria
tus manos bonitas se unen y oran
o sostienen, quietas, a un niño pequeño.

Las sandalias fuertes de piel te protegen
tus pies que han bronceado mis soles intensos
que aguantaron, firmes, caminatas duras,
el agua y el polvo, la espera infinita
o los juegos dulces con tus amiguitas.

Ave María, tu rostro sereno
transmite la espera de miles de años.

¿Por qué no está alegre, como alegre eras?
¿Por qué tu sonrisa de pronto se hiela?
tus cejas castañas se mueven y juntan
en el gesto adusto de quien algo espera.

María, María, la mujer María
la que no pintaron los pintores buenos.

Sospecho, ahora, que fue diferente,
igual de bonita, mas, no siempre triste
tu risa, María, tal vez era un viento
tibio y perfumado de tierras esenias.

Cantabas dichosa con el sol naciente
o en atardeceres de lluvia fecunda
reías con ganas por la broma amable
del buen carpintero que vivía por verte,
o cuando bailaste niñita en el templo
según ha contado con tono solemne
en su evangelio extraño el apóstol Santiago.

*Embajador de Honduras en Nicaragua.