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Sus “micromundos” viven inmersos en nuestro mundo, a la vista de quien desee observarlos. Están libres, llenos de color, para complacer los gustos de su creador y también para compartir su talento, con quienes quieran contemplar propuestas de arte urbano “más elaboradas”.

“Lo que hago es una exploración del lenguaje y plantear temas con los que me identifico”, dice Roke, el artista urbano, diseñador gráfico de profesión, quien desde hace siete años empezó a pintar en el espacio público atraído por el color y la técnica del grafiti. “Inicié pintando sin ningún fin, sin ninguna temática y ese camino me fue llevando a otros caminos”.

Es así como decidió crear sus propios “micromundos”, como él mismo los llama. Se trata de pequeños espacios en los que refleja de forma abstracta objetos o paisajes de su interés, que toman formas “geométricas, orgánicas y celulares”.

“Estoy abriéndome a nuevos lenguajes y abordando situaciones del mundo que me rodea”, comparte.

EN EUROPA

Sus ideas y lenguajes han cruzado el charco y han llegado a Viena, para hacerse presente en la apertura del festival “Calle Libre”, que promueve la Academia de Bellas Artes de ese país; otras obras en cambio deleitan la pupila de algún transeúnte en una calle de Costa Rica; y otros nos hemos detenido decenas de veces frente a la Universidad Centroamericana (UCA) para admirar algunos de sus grafitis, cuya firma pasamos desapercibida, pero nos llevamos esa imagen abstracta y colorida que nos obligó a detenernos un instante.

Cuando le pregunto por qué exponer sus obras en el espacio público, sin pensarlo responde: “Por la plasticidad que tiene el muro y la integración de diferentes materiales. El hecho de intervenir muros para mí, es una forma ramificada del arte de acción”.

Pero también es un reto, señala, por las dimensiones, el clima, el ruido y la gente. “Pintar en el espacio público es muy diferente, suele haber mucha gente, mucho sol y mucho ruido, elementos a los cuales tienes que someterte mientras realizas tu obra”.

EL COLOR

Sus propuestas están cargadas de colores vibrantes, de rojos, amarillos y rosas intensos que en muchas ocasiones se funden en negros. “El color es un tema inherente en mi obra, es una de mis especialidades, es quizás una de las mayores influencias de la escuela de artes plásticas”, explica Roke.

O quizás influencia de algún artista, le interrogo, a lo que responde de forma irreverente: “No quiero tener un patrón a seguir, cada vez trato de ser más yo, intento tener menos miedo por explorar y experimentar lenguajes”.

UN MOMENTO INCÓMODO

En esa búsqueda, Roke dice preferir alejarse de los clichés y dejar atrás las etiquetas hacia los artistas urbanos. Cuando le comento la idea que se tiene sobre los grafiteros, su rostro toma otro color. “Prefiero no hablar de eso”, me dice.

--¿Por qué te incomoda?, pregunto.

--No me incomoda. Creo que el grafiti ha transcendido las formas en la que la gente lo puede ver, cada día es más normal expresarnos a través del arte y las personas lo aceptan cada día más.

Para él hay una línea que divide el grafiti “callejero” de los trabajos de los artistas urbanos. “Si pasás un día entero pintando una pared es muy diferente a que alguien llegue y se vaya, nosotros desarrollamos una idea que se traduce en arte”, aclara.