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Cuando uno ve el 31 de diciembre más lejos que la luna, y ya su cerebelo repite como un estribillo: “¡Necesito vacaciones!”.

El Síndrome de fin de año es una enfermedad mezcla de locura y cansancio que obviamente se propaga en las grandes ciudades cosmopolitas.

Y además, el Síndrome de fin de año es el que se enlaza con otros, como el Síndrome del maestro (con el cerebro) quemado, el Síndrome “bournot”, del empleado estresado, el Síndrome del “corazón roto”, que ataca a los que han perdido un ser querido recientemente, el Síndrome de la agenda llena, el Síndrome del almanaque en blanco (del tiempo que viene)..., etc.

Éste es el momento en el que, con 39 de térmica en las venas, nos toca dar o tomar exámenes finales, pasar informes, programaciones y planeamientos, hacer inventarios, organizar cierres de actividades y homenajes, coordinar despedidas del año, negociar con la pareja el dónde, cuándo y cómo irse de vacaciones (y si es posible reservar los lugares y medios de transporte para tal caso), organizar los horarios para cumplir con los distintos grupos que nos invitan a tomar algo, y lo que es peor, discutir dónde pasar las benditas fiestas.

Entre otros quehaceres
Y si tu esposa o marido o hijo es director, escritor, deportista, éste es el tiempo de las muestras de teatro, presentaciones de tesis y libros, finales de campeonatos juveniles de los chicos, y hasta el show musical en el geriátrico de la bisabuela.

Y no hablemos si encima tu hija árabe se casó en New York con un israelí y vienen a hacer la fiesta en Almagro antes de Nochebuena. Todo se te viene encima, y no podés faltar a nada porque dirán que eres más desubicado que audífono en el ombligo.

Éste es el tiempo en el que centenares corren al nutricionista porque el pantalón no cierra, al kinesiólogo porque sufren parálisis de omóplato y cuello de tanto estar tensos, al mecánico porque tienen miedo a quedarse varados en una ruta.

Por otro lado, desde fines de octubre, poco después del Día de la Madre, ya varios shoppings se inundan de guirnaldas y las vidrieras se preparan para generar en los clientes cierto espíritu navideño precoz, para incitarlos a que comiencen a gastar a cuenta, aunque haya crisis y la garrapiñada se cotice en euros en Mauritania.

Pero no hay receta para evitar esto, porque el consumismo forzoso y tantos actos compulsivos funcionan como mecanismo de defensa.

¿Por qué? Porque nuestras mentes son como un árbol de Navidad al que se les encienden algunas lucecitas de golpe, cada una de las cuales es un recuerdo de aquellas mesas interminables con personas amadas que hoy sólo viven en nuestras fotos.

Sí, esos mismos seres entrañables, esos, que si hoy nos pudieran palmear el alma para calmarnos, nos dirían que ya está, que está bien, que ya está bien, que ya todo está muy bien.


Fuente: enplenitud.com

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