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Aquel GT de 1968 lleva parte del ADN del Corevette que nacía en 1953, como también lo hace éste, al compartir algunas de las tecnologías de ingeniería utilizadas en el deportivo americano y de sus componentes.

El GT renacido 40 años después del precursor, deriva del concept car Solstice de 2002, que tuvo su evolución en el Vauxhall VX Lighting, dibujado en el estudio de diseño de GM en Conventry y ahora fabricado en la planta americana de Wilmington, en Delaware, una factoría en la que 1,800 trabajadores se emplean en la fabricación manual de este deportivo y de sus mellizos Pontiac Solstice y Saturn Sky.

El diseño del GT es uno de sus mejores argumentos, además del precio y las cualidades del motor, del roadster convertible. La composición visual es poderosa desde todos ángulos de observación.

La parte frontal es, quizá, la más agresiva, con las líneas de las tomas de aire inferiores y los grupos de luces tirando de los rasgos hacia la parte superior de las aletas. Y la trasera no es menor llamar la atención, con dos salidas de escape de terminales grandes, y en la zona superior del capó dos jorobas que se elevan para fundirse con los dos arcos de seguridad que preservan a los ocupantes en el caso de un vuelco.

La capota es de tela, accionada manualmente, a la que los ingenieros de la marca han dado una complejidad excesiva en las maniobras de apertura y cierre. Está bien insonorizada, aunque en la unidad probada el ajuste con la puerta del conductor era deficiente e introducía un molesto zumbido de naturaleza aerodinámica.

El interior recibe a dos pasajeros que apenas disponen de espacio, desde luego ningún hueco, salvo uno común en el panel del respaldo, para depositar unas llaves, por ejemplo. El túnel central que envuelve la caja de velocidades y el eje de transmisión, deja muy reducidas las posibilidades de aprovechamiento. La posición de conducción, sin embargo, es de gran calidad, ya que la regulación del asiento y del volante permiten gran variedad de ajustes.

La calidad visual de los materiales es baja. Dominan los plásticos duros frente a las texturas más agradables de tacto y visión. Se salva el panel central, que presenta un aspecto de acabado mejor.

¿Qué puedes transportar?

El mayor espacio para transportar objetos está bajo el capó trasero, que tras una complicada operación de apertura deja a vista un maletero raro como ningún otro y que queda reducido a poco más de 60 litros si se opta por circular a cielo abierto.

La cosa se enmienda en el terreno mecánico y en el dinámico, aunque en esta última parcela es obligado rodar con cautela, porque el GT es un coche muy nervioso que no concede muchas licencias, salvo que estén conectadas todas las ayudas a la conducción, en cuyo caso el copiloto electrónico resuelve gran parte de la inquietud del eje trasero, sobre el que el motor aplica una potencia y un para respetables.

Las ayudas electrónicas facilitan al conductor tres modos de utilización, con ajustes específicos para en el primer caso circular con todo conectado, en el segundo sin el control de tracción, y en el tercero, el “competitive”.

En estos dos últimos, juega en gran medida la capacidad del piloto, porque la tracción trasera juega con nosotros y lo hace constantemente y con mucha intensidad, por lo que la técnica del contravolante es indispensable para contrarrestar los vaivenes del “culo” de este GT, un “juguete” que encantará a los apasionados de la trasera y de sus reacciones naturales.

Los 265 CV parten de un 2.0 litros al que se le ha aplicado la tecnología de inyección directa y la turboalimentación. El resultado es más que óptimo, porque el coche es rápido, empuja desde muy abajo y consume poco en función de las prestaciones. El motor, construido en aluminio, es nuevo, aunque basado en el bloque del propulsor 2.2 de la familia Vectra y en el 2.0 Turbo utilizado en la versión GTA de esta berlina. El sonido que nos llega de este potentísimo motor es ronco y traspasa con claridad la capota.

El propulsor podría dar más de sí si se hubiera optado por una caja de seis relaciones en lugar de la utilizada, de cinco relaciones. El escalonamiento entre velocidades es exagerado entre segunda y tercera, y ello le resta eficiencia deportiva.

La conducción del GT requiere de una gran dosis de pasión por los deportivos para contrarrestar las incomodidades de una suspensión dura y las exigencias de un tracción trasera al que se le puede desconectar la ayuda electrónica.

Su cómodo tamaño
Su pequeño tamaño y la distancia entre ejes le hacen especialmente ágil en curvas, a las que hay que llegar con cuidado, porque los frenos no son su mejor cualidad cuando hay que hacer frenadas deportivas.

El chasis, construido con tecnología de hidroconformado, es de gran rigidez, de forma que quedan neutralizadas las torsiones de una manera muy eficaz. La sensación en los apoyos más fuertes es buena e inspira confianza.

Este deportivo exige en todo momento muchísima atención. Los despistes se pagan con un rápido trompo. Es difícil llegar a él, pero un mal uso del acelerador y un poco de velocidad lo harán fácil. La distribución de pesos es de 51:49, lo que no evita que en los momentos de aceleración suban excesivamente el tren delantero, haciendo que se pierda información de la unión al suelo.

El Opel GT es ágil, pero no es el más atlético de los “roadster” de su segmento. A cambio, es económico, y éste es un valor que marca mucha distancia respecto a sus competidores.

Fuente: Motorpoint.com