Karla Icaza M.
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En la era de las cosas desechables, el matrimonio no es una excepción. No sé cuántas conversaciones he escuchado de gente que tranquilamente dice: si no funciona me divorcio... Me sorprende ver cómo hay personas que están dispuestas a luchar por un trabajo, por un negocio, por dinero, pero no están dispuestas a luchar por su matrimonio. Pareciera que hoy el matrimonio tiene fecha de vencimiento... Se acabó el amor, entonces nos divorciamos y ya. Uno de los problemas es que confundimos el amar a una persona, con las emociones que sentimos cuando nos enamoramos. Las mariposas en el estómago, las manos sudadas, las palpitaciones aceleradas, etc. De novios es muy raro que haya conflictos, todo es felicidad, ilusión, diversión. Nos casamos y los primeros años siguen todo color de rosa. Los psicólogos dicen que esto puede durar de 1 a 3 años dependiendo de cada pareja. En nuestro caso, los primeros dos años fueron mágicos, como jugar a “la casita”, disfrutábamos estar juntos y casi nunca nos peleábamos; pero cuando comenzaron los problemas, el color rosa se fue poniendo gris. A los 4 años y medio de casados y dos hijos nacidos, el matrimonio “se venció”. Llegamos a hablar de divorcio. 

Hay muchas causas (o justificaciones) para que los matrimonios se acaben, y problemas siempre existirán, pero la realidad es que en general, no estamos dispuestos a hacer todo lo que esté a nuestro alcance por salvar el matrimonio. Cuando nos casamos por la Iglesia, es muy común que escuchemos en la ceremonia una cita que está en 1 de Corintios 13: 4-7 “El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso, ni jactancioso, ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.” Además, te hacen repetir que vas a amar a tu cónyuge en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, que serás fiel...pero cuando comienzan los clavos, hasta ahí llegaron los votos matrimoniales. Durante nuestra crisis, descubrí que me caían mal muchas cosas de mi esposo, y a él le pasó igual. Yo vengo de padres divorciados y si algo me dije siempre fue que cuando yo me casara iba a ser para toda la vida. Esta convicción personal, mis hijos y más tarde nuestro encuentro con Cristo, fue lo que nos impulsó a no darnos por vencidos.

Tomamos la decisión de amarnos, a pesar de nuestros defectos, y comenzamos a poner en práctica algunos principios claves que comparto a continuación:

1. Dejar el orgullo de un lado (reconocer nuestros errores, pedir perdón)

2. Perdonar todos los días (70 x 7)

3. No lanzar palabras hirientes 

4. Pensar en el bienestar de la otra persona

5. Controlar nuestro temperamento 

6. Honestidad ante todo

7. Escoger las batallas

8. Esperar lo mejor de cada uno y cuando no lo recibimos acordarnos que los dos somos humanos

9. “En la riqueza y en la pobreza” (100% apoyo todo el tiempo, aunque las cosas se pongan difíciles)

10. Comunicación – comunicación y más comunicación

Hace casi 22 años pusimos en manos de Dios nuestro matrimonio, y esto ha hecho que aunque las dificultades que hemos vivido en estos últimos años, han sido peores que las que casi nos llevan al divorcio, aquí seguimos amando y perseverando. No tenemos el matrimonio perfecto porque somos dos seres imperfectos, pero cada día hacemos un esfuerzo para mejorar.

Mi suegra tiene un dicho muy sabio: “PIENSE Y ACTÚE, IGUAL A ÉXITO.” Los invito a dar el paso, a buscar ayuda, a tomar la decisión... porque los matrimonios no tienen fecha de vencimiento.