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El baile frenético del "pogo más grande del mundo" ilustra la leyenda del roquero argentino Indio Solari, un fenómeno de masas musical y social que la madrugada del domingo tuvo entre sus fans a dos víctimas mortales.

Un concierto organizado para 155,000 personas terminó en tragedia en una pequeña ciudad del suroeste llamada Olavarría. "El 'sold out' (entradas agotadas) no existe para mi público, van igual al show", había declarado Carlos Solari, un señor esmirriado y calvo de 68 años, que recientemente anunció que sufre de Parkinson. Siempre oculto tras unos anteojos estilo John Lennon (pero oscuros), el Indio es un músico de bajo perfil, pero adorado como un dios.

A la par de Charly García, es la mayor leyenda viva del rock and roll argentino.

Arrastra multitudes estremecedoras que lo siguen adonde quiera que se presente con un fervor cuasi religioso. Una marea humana de 400,000 "ricoteros", tres veces la cantidad de habitantes de Olavarría, según su alcalde, provocó el descontrol. La organización falló. Murieron un hombre de 42 años y otro de 36, víctimas de apretujamientos y avalanchas. Fue delirio y locura.

Pero la euforia juvenil de saltar, empujar, golpear y patear al compás de la música al estilo "punk" tiene un lado siniestro. Todavía hay dos personas en terapia intensiva y se busca a otras 341 que no volvieron a sus casas, según la policía.

"Es un fenómeno de masas, popular, muy difícil de explicar", dijo una vez el dibujante Rocambole (Ricardo Cohen), quien diseñó algunas tapas de los discos del Indio.