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La primera experiencia de Salvador Espinoza dentro de un teatro no fue precisamente sobre el escenario, sino como espectador desde el tercer balcón de la Sala Mayor del Teatro Nacional Rubén Darío (TNRD).

Él formaba parte de la cadena educativa de la familia: sus hermanos habían estudiado economía, administración y contabilidad. Él intentó ser contador y  se bachilleró en artes y letras en la Escuela Nacional de Comercio. No funcionó.

Ahora funge como subdirector del TNRD. Su primera oportunidad de trabajar de forma profesional le llegó en la Asociación Sandinista de Trabajadores, de la cultura, cuando a Pepe Prego se le iba su asistente (Salomón Alarcón) y necesitaban una persona. Quedó y realizó gestión y promoción cultural, producción artística. Se desarrollaron festivales de música campesina, popular, danza contemporánea, exposiciones de artes plásticas.

Ese trabajo le impedía continuar con sus estudios universitarios. Lo intentó en ingeniería civil, pero solo era bueno en dibujo. Lo intentó en economía y contabilidad, pero no duró más de tres meses. Pero fue en la carrera de Artes y Letras en la UCA donde encontró su camino definitivo hacia su perfil, no solo en el campo actoral, sino que le abrió un mundo hacia la investigación, la crítica y el arte.   

Continuó su formación de actor, a través de talleres de actuación, escenografía y dirección escénica en Cuba, España, Suiza, Alemania, Colombia  y Nicaragua.  

¿Qué le atrajo del teatro?

Muchas cosas. Mi curiosidad por el teatro vino, creo yo,  de mi vinculación con aprender, de indagar.

¿Y cómo llegó a él?

Una maestra que tenía en la escuela de comercio del Manuel Olivares de aquella época, que era actriz de la Comedia Nacional, nos llevó a ver la obra “La tercera palabra”. Era en el año 1976. Fue la primera y única vez que estuve en el tercer balcón como público. Para mí tuvo una resonancia. Salí encantado. Pero yo era un imberbe.

Lo que determinó mi vinculación con el teatro fue que un año después, el actor y director de teatro, Aníbal Almanza, me llevó a un ensayo de la Comedia Nacional. Ensayaban los sábados. Él siempre para mí fue un referente en todos los aspectos de mi vida, porque desde esa época hasta este año conservamos una amistad. Ha sido un guía, un padre y un hermano.

Me presentó a doña Socorro (Bonilla) y ella me dijo: qué viene a hacer usted aquí –a ver--- le dije. Aquí no se viene a ver, aquí se viene a trabajar, me dijo. Y me dio la lista de utilerías para que yo fuera el utilero de la obra que estaba ensayando “Un jardín para ser feliz”. Un año después yo ya estaba actuando en dos espectáculos de la Comedia Nacional. En un recital poemario de Darío y “Judas” un monólogo del escritor Enrique Fernández Morales.

Yo nunca falté a clases. Así empecé. Con Socorro recibí clases de actuación, voz y dicción.

¿Qué aprendió de ella?

Haber sido alumno de Socorro Bonilla fue un gran privilegio por lo que inculcaba ella: la ética del actor, la disciplina y la responsabilidad. Ella decía que solo muerto uno podía faltar en un ensayo para una representación.

¿Y cómo le involucra en el teatro popular?

Después del fenómeno de la revolución yo me vinculé a otro fenómeno teatral que se estaba gestando en Nicaragua: el teatro popular.

Junto con Aníbal fundamos un grupo de teatro en nuestro barrio para hacer trabajo comunal y social en Villa Progreso.  Ese trabajo lo extendimos hasta que en 1980 nos consideraran  para formar parte de las 15  brigadas culturales que el Ministerio de Cultura organizó paralelo a la Cruzada Nacional de Alfabetización para hacer un rescate cultural por donde se desplazaron los brigadistas. Nos impartieron talleres intensivos.

¿En qué consistió el trabajo de la brigada?

Nuestra brigada se llamó Ricardo Morales Avilés. El trabajo era el rescate y la investigación de los fenómenos culturales de la comunidad y a la vez recrear con nuestros sociodramas y canciones a la población campesina que estaba siendo alfabetizada y a los mismos alfabetizadores.

¿Cómo transita hacia la televisión?

Mi primera incursión fue con el Sistema Sandinista de Televisión en el año 1987, aproximadamente. Fue para un guion que dirigió Enrique Polo. Se llamaba  “Empresa estratégica” e hice el papel de un capitán de bombero.

Después hice casting para la película de Sandino y no quedé. Era mi aspiración. También hice varios capítulos de “Tita Ternura”, en  “Sexto sentido” y trabajé como vestuarista para la película “La canción de Carla” en  la que tuve una pequeño papel pero trabajé luego con la producción.

Hice varios cortos y lo más reciente “La Yuma” y “La pantalla desnuda”.

¿Cuál fue la mejor época del teatro?

Hay muchas épocas. Te puedo decir que la que yo viví en los años 80 fue maravillosa. En los 70 le agarré la colita y el resto lo he estudiado. La época de mayor desarrollo fue en los ochenta. Creo que ha habido momentos de altibajos,  por ejemplo en los inicios de los 90 fue fructífero.  

¿Qué prefiere, cine o teatro?

Me encanta el teatro, pero también me fascina el cine. No lo dejo. Tengo un proyecto que está pendiente. Me encantan los dos, pero el teatro ha sido una de mis mayores fascinaciones, sobre todo la actuación, porque en mis últimos cinco años, cuatro  de ellos han sido dedicados a la escritura de guiones y dirigir mis propios espectáculos.

¿Qué cambios ha sufrido teatro?

Creo que bastantes. Ha habido evolución en muchos aspectos, pero también retroceso. Por ejemplo es admirable el trabajo que se están haciendo con universitarios en universidades públicas y privadas.

También creo que hay que ponerle atención a la Escuela Nacional de Teatro, necesita más desarrollo para poder generar mayores expectativas en los jóvenes que se están incorporando.

¿Y qué nos falta?

Elevar los niveles de calidad, la investigación, estar en una constante práctica, no hay que darse por formados. El grupo de teatro o artista que diga que ya lo tiene todo es falso. Se estanca.

Hacen falta más productores profesionales.