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El cineasta Milos Forman, quien falleció el viernes a los 86 años, fue uno de los directores de una ola de libertad y protesta en la Checoslovaquia comunista de los años de 1960, antes de huir de su país y triunfar en Hollywood.

Nacido en el seno de una familia protestante en la localidad de Caslav, el 18 de febrero de 1932, la vida del doble ganador del Óscar, cuya obra se concentra en personajes insumisos que sufren todo tipo de opresión, estuvo marcada por la Segunda Guerra Mundial.

Su padre, miembro de la resistencia, murió en el campo de concentración nazi de Buchenwald y su madre falleció en Auschwitz.

Forman recordaba la última vez que vio a su padre: cuando tenía 7 años lo sacaron de clase para verlo escoltado por dos miembros de la Gestapo. Su padre le entregó un sobre para su madre y le dijo: “Dile que todo está bien, que volveré”. Nunca regresó.

Tres años después, la Gestapo entró en su casa mientras Forman estaba en la cama.

“Mi madre vino y me miró con miedo en los ojos. Sabía que era la Gestapo. Después ella desapareció. La casa estaba en silencio. Yo estaba solo”, rememoraba.

Su estrategia, la diversión 

Fue el primer episodio dramático de una vida llena de sorpresas, como el descubrimiento en 1964 a través de una mujer que conoció a su madre en Auschwitz, de que su padre biológico en realidad era un arquitecto judío que vivía en Ecuador.

Forman falleció el viernes rodeado de su familia, tras una breve enfermedad, dijo su esposa.

Durante los años de 1960 Forman se posicionó como director de la disidente Nueva Ola checa, con tres comedias clásicas: “Pedro el negro”, “Los amores de una rubia” y “¡Al fuego, bomberos!”. Forman, que trabajaba con actores no profesionales, contó en una ocasión que su estrategia al rodar películas era que todo el elenco debía divertirse.

Al recordarlo este sábado en Twitter, el actor español Antonio Banderas describió a Forman como un “genio de la cinematografía y maestro del retrato de la condición humana”.

“¡Al fuego, bomberos!” fue producida por el magnate italiano Carlo Ponti, pero cuando se le mostró la versión final, Ponti se negó a pagar los 80,000 dólares prometidos (una suma astronómica en aquel momento) y consideró la cinta una parodia trivial.
Forman acabó convenciendo al productor francés Claude Berri, para que comprara los derechos de la película, que estuvo prohibida en Checoslovaquia por burlarse de la clase trabajadora hasta la caída del comunismo en 1989.