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Al son de tambores y coplas que lo acompañaron durante varias décadas como mayordomo de El Atabal, Fernando López Miranda, el popular “Cabo López”, fue sepultado este fin de semana en el cementerio de Granada. 

“Fue un hombre genial, tenía una respuesta para cada cosa”, dice su hijo, Fernando López Gutiérrez, “Chinano”.

Falleció a los 82 años, dejando un enorme legado cultural que supo fusionar con la devoción a la Virgen del Rosario, a cuya advocación le dedicaba alegres  sones y “puesiyas”.  

El popularmente conocido  “Cabo” dedicó gran parte de su vida a rescatar y mantener viva la tradición de El Atabal, una transculturización española de la época de la conquista. Sin embargo, cuentan algunos historiadores que fue en Granada (Nicaragua) donde se ocupó ese nombre para identificar al grupo de tamborileros que traducido del término árabe: at-bal,  significa: tímpano.

El atabal, conformado por varias personas que van tocando instrumentos musicales guiados entonces por la picardía de su mayordomo, sale todos los viernes, sábados y domingos de octubre por las calles de Granada, para ir visitando las casas de los promesantes de la Virgen, cuyo templo es la iglesia de San Francisco, mismo lugar donde los granadinos despidieron con una misa a López Miranda.

Según la historia, esta manifestación religiosa-cultural surgió hace más de 250 años. Las “puesiyas” que se le dedican a la virgen del Rosario son pequeños cuartetos que riman el primer verso con el tercero y el segundo con el cuarto. En ellas va expresada la devoción mariana. 

Reseña

López Miranda nació en la finca San Pedro, en la comarca Malacatoya, donde también nació su inspiración por la naturaleza. Sus padres fueron Fernando José López Rivera, un talabartero y empresario de transporte, y Rosa Francisca Miranda Flores, originaria de la comunidad Las Tapias.

Chinano recuerda a su padre como un hombre especial. “Un autodidacta que aprendió de su padre y de su abuelo, Ponciano López Sirias, el arte del repujado  en cuero, cuando se elaboraban monturas y albardas para caballos, utilizando para ello una especie de cincel con grabados en las puntas para diferentes figuras. Fue su primer acercamiento y experiencia con el dibujo, oficio que practicó durante toda su vida”, cuenta.