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Patricia Belli no es insensible ante la situación que vive el país y lo ha reflejado en su arte. La nicaragüense llevó a la Bienal de Berlin (Alemania)  una obra que resume el conflicto social, también emocional de la sociedad que en las últimas semanas duermen y despiertan (o se desvelan) escuchando tiros, morterazos y plegarias.

Hablame de la obra Desequilibradas: las cabezas --que son porfiadas--. ¿En qué momento creíste necesario crear esta protesta?

No sé si llamarla protesta, es más como un testimonio de la realidad que vivimos. Son los sonidos que escucho cuando me despierto, o más bien, antes de despertarme. No quiere decir que yo no tengo una posición ante los hechos, porque la población ha sido víctima de una represión brutal, criminal, por parte del Gobierno, sin duda. Pero la pieza es más abierta, deja que sea el público quien llegue a sus propias conclusiones.

Presenta una situación y deja los juicios para cada quien. Cuando uno escucha la voz de la vicepresidenta hablando de “esos grupos minúsculos, esas almas pequeñas, llenas de odio”... su voz es arrogante, pero con un disfraz de humildad que transparenta toda su ira... eso no necesita explicaciones, creo que cualquiera lo percibe... entonces, la obra se apoya en la emotividad de los audios, en las cabezas rodantes, que podés empujar por el suelo... son sensaciones potentes que ponen al espectador ante la decisión fundamental: patear o no patear...

Inicialmente la obra, que tardó 5 meses en realizarse, tenía audios de terremotos, tormentas y testimonios de personas que hablaban de inestabilidad emocional. En abril, ya con la obra casi terminada, nos estalló la nueva situación en la cara, y de repente todo ese trabajo acerca de la inestabilidad emocional cobró otro color, otra dimensión.

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Empecé a sentir que mis primeros audios eran banales, que lo urgente y lo importante se reunían ahora en una sola confusión entre los gritos de la gente en las protestas, los tiros, los discursos, las consignas... o sea, la realidad cambió y me vi forzada en una realidad nueva, impelida a otras formas de experiencia y de lenguaje.

Entonces le propuse a la curadora de la bienal cambiar los audios por los sonidos de los videos que cada día la gente subía a las redes. Escuché y miré muchos videos, y de ahí extraje el material de trabajo.

Hice mezclas, combinaciones... por ejemplo, ese discurso de Rosario está yuxtapuesto a una alocución de una mujer que encontré en Internet; es una señora con la voz ronca de gritar y grita con mucha fuerza, diciendo “querer eliminar mi derecho a la expresión, eso no lo voy a permitir”, lo dice con una pasión y una sinceridad sobrecogedoras, eso lo yuxtapuse a los seis segundos de Rosario, y cuando escucho la hipocresía versus la verdad en el tono y la actitud de cada una, siento un conflicto, una indignación y una esperanza que juntas recogen mi estado emocional.

¿Cómo reaccionó el público y los otros artistas ante esta propuesta?

El público duda antes de patear las cabezas, no solo porque son obras de arte, sino porque son cabezas, tenemos un fetiche con eso, una aprensión, y ese es precisamente el recurso principal... la sensación, consciente o no, de que el cuerpo se respeta... aún si es un símbolo resumido en una cabeza artificial.

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Ese respeto que nos genera es determinante para experimentar la obra, y a través de la obra, la atrocidad de los crímenes que se han cometido en Nicaragua. 

¿Qué mensaje querés transmitir a través de tu arte, de tu participación en la Bienal?

Quiero hablar de esos estados mentales a los que hemos sido sometidos estos dos meses, como sociedad. Esa falta de duelo, ese insomnio vigilante, dormirse a medias, despertarse en la madrugada buscando noticias, despertarse escuchando gritos, balas, dormirse y despertarse sintiendo que abandonaste a la gente, que mientras dormías mataron a alguien... son estados emocionales complicados, que te pueden llevar a la sicosis, al agotamiento, la falta de alegría, la falta de esperanza... lo cual es una estrategia conocida para rendir a un pueblo.

Por un lado eso, describir la tortura sicosocial, por otro lado visibilizar una realidad que no se conoce, de la que no se habla... imaginate, nosotros en Nicaragua no pensamos en otra cosa, y afuera nadie piensa en nosotros, ni cuenta se dan, entonces, eso: hacer que sepan, contarles de esta realidad, este mundo paralelo en que vivimos que ellos ni se imaginan.

¿Qué opinión te merece poder “protestar” o visibilizar la crisis sociopolítica del país a través de tu arte?

Es una oportunidad valiosa poder usar mi trabajo, --sin panfletos ni discursos planos--, para comunicar nuestra circunstancia y para investigar el fenómeno social desde la realidad simbólica. Un privilegio tener la oportunidad de hablar desde mi subjetividad, sin concesiones y sin censura.

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¿Además de la Bienal de Berlín, en qué otros espacios esperás presentar esta obra?

Directo para Managua. 

¿Qué tal la experiencia de participar en la décima edición de la Bienal de Berlín.

La Bienal de Berlín es un icono del arte contemporáneo internacional. Esta edición en particular tiene una condición excepcional: tanto el equipo curatorial, como la mayoría de los artistas invitados venimos de países pobres, de ese sur, ese tercer mundo que pocas oportunidades tiene de expresarse en los países ricos, y esta bienal pone eso en entredicho, lanzando un mensaje potente acerca de la equidad. Me siento muy orgullosa de poder sembrar aquí, amplificar mi voz en este espacio, para que quienes quieran escuchar, escuchen.