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Los 2,500 rostros permanecen inmóviles y adustos en un edificio del siglo XVIII, pero aún logran provocar sonrisas y evocar recuerdos de niñez en el Museo Nacional del Títere, el más grande de México en su tipo.

A los títeres y muñecos de los hermanos Rosete Aranda (famosos titiriteros del siglo XIX) que hoy “viven” en el central estado de Tlaxcala se les unieron marionetas de países tan diversos como España, Francia, Alemania, Italia, Indonesia, Japón, Pakistán, República Checa, Argentina, Venezuela, Colombia y Estados Unidos.

En el pintoresco pueblo mágico de Huamantla, los muñecos de trapo, madera, cartón y latón despiertan emociones de felicidad, tristeza, ira, sorpresa, miedo y disgusto, todo en un solo lugar.

“Cuando llegué acá sentía una atracción, pero hoy los siento como mis hijos, algo que tengo que cuidar con mucho cuidado, estarlos revisando y corregirlos”, describe el director el museo, Jaime Flores Flores.

Durante décadas, estas figuras con rostro y alma propios recorrieron pasajes históricos, cuentos clásicos, batallas infernales, conciertos musicales épicos y dieron voz hasta a los sin voz.

Hoy esos “hombres”, “mujeres” y animales reales y mitológicos yacen en vitrinas dando luz y alegría, aunque de forma distinta.

En sus años de esplendor cobraban vida con todas las técnicas de manipulación, como hilo, guante, guiñol y varilla, mientras que hoy reviven día con día cuando los visitantes sonríen al verlos y rememoran aquella infancia que se fue.

“Recuerdan una etapa de la vida infantil, a las personas les hace recordar pasajes de su vida y salen emocionados”, afirma Flores Flores. De los 2,500 títeres del acervo, muchos de ellos donados por compañías de teatro, actrices y productoras de cine, 650 se encuentran en exhibición y periódicamente se hacen cambios para que todos vean la luz.

Caperucita Roja y el Lobo Feroz, Hansel y Gretel, Pinocho y Los tres Cochinitos también visitan las áreas infantiles de hospitales y escuelas públicas de este pequeño estado mexicano.

El fin que tienen los actores, como el propio museo, es seguir con la magia que brindan los títeres y ver las sonrisas de niños y no tan niños.