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El pintor y escultor figurativo Eduardo Arroyo, fallecido este domingo a los 81 años, fue uno de los artistas más relevantes del arte español del siglo XX y el gran exponente de la llamada “figuración narrativa”.

Arroyo se exilió voluntariamente en París en 1958, donde permaneció hasta la llegada de la democracia a España, a finales de los años 70.

En la capital francesa comenzó su actividad como pintor, además de dedicarse al periodismo.

Artista autodidacta, pronto conectó con los círculos intelectuales y artísticos de vanguardia y desempeñó un importante papel dentro de los sectores progresistas de la cultura francesa.

En 1965 firmó, junto a Gilles Aillaud y Antonio Recalcati, el “Manifiesto Pictórico”, en reacción contra el informalismo de la época.

La exposición colectiva presentada ese año en la Galería Greuze de París con el título “Vivir y dejar morir o el fin trágico de Marcel Duchamp”, fue un escándalo y un hito dentro de la figuración europea de los 70.

Como pintor, expuso regularmente en los principales centros artísticos de Europa y América. Sin embargo, en España fue prácticamente desconocido durante años. Su primera exposición, en 1963, fue clausurada por la censura. Años después, al ser nombrado comisario de la Bienal de Valencia, fue detenido en esta ciudad española, y gracias a la presión internacional no ingresó en prisión, y solo fue expulsado del país.

En 1991 expuso una serie de grabados dentro de la muestra “El Prado” visto por doce artistas contemporáneos”. Otra importante exposición antológica reunió en 1998 bajo el título “Orgullo y pasión”, expuso en el Centro de Arte Reina Sofía, en Madrid. En 2003, expuso en el Museo Ludwing de Arte Contemporáneo de Budapest 35 óleos de gran formato de los últimos 25 años.