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Una guerra tiene distintas afectaciones en la sociedad, ya sea económico, social o político, pero cuando llega el fin del conflicto todos de manera general experimenta paz. Sin embargo, lo transcendental empieza para los familiares de aquellos soldados desaparecidos, fallecidos o terriblemente desfigurados.

Algo similar a esto nos muestra la película francesa de 1989, “La Vida y Nada Más”, dirigida por Bertrand Taviernier. En la que relata que en 1920, dos años después de haber terminado la Primera Guerra Mundial, una dama parisina de la alta sociedad (Iréne de Courtil), intenta tener información de su marido, un militar desaparecido.

En la arriesgada búsqueda por hospitales y lugares e identificación de víctimas de la batalla de Verdún, conoce a una joven profesora (Alice), que también busca a su novio desaparecido.

Ambas son entrevistadas por el comandante Delaplane, responsable de unir los datos de los responsables franceses declarados como desaparecidos durante la contienda. La tarea es enorme ya que son aproximadamente 350.000 soldados.

Al mismo tiempo el Estado francés planea construir un monumento en el Arco del Triunfo en París, dedicado al soldado desconocido y encargan a Delaplane la obra, dándole además una fecha para que cumpla con lo requerido.

El comandante Delaplane, un militar con alto concepto militar comienza duras e intensas investigaciones, siendo presionados por sus jefes y ciento de personas en busca de sus familiares.

No obstante, después de resolver la identidad y el sorprendente destino de los hombres buscados por las dos mujeres, decide guardarse para él una parte de la información. Pues, aparentemente ambas buscaban al mismo hombre, ya que coincidían con las características físicas y una cicatriz en la mano izquierda. Cabe destacar que una atracción mutua entre él y una de ellas queda sin resolver. Delaplane renuncia a su cargo y se lleva consigo la identidad de soldados desconocidos.