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Roberto Carlos López salió de la secundaria en 2007, cuando ya tenía experiencia trabajando para mantenerse a sí mismo, y no continuó con estudios universitarios, pero aunque pareciera que su historia seguiría una línea gris a partir de entonces, ha sido todo lo contrario.

Ahora, éste hombre que de pequeño se imaginaba siendo ingeniero industrial o abogado, es un pintor de arte abstracto con mucho talento y que tiene un mensaje que darles a todos a través de sus trazos y colores. 

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Su interés por el arte empezó desde que era pequeño, aunque de forma sutil. “Me gustaba ir a clases y dibujar” cuenta, pero aquello se vio interrumpido debido al entorno en que creció. “Vengo de San Diego, Carazo, no tenía los medios para hacer lo que quería, así que tuve que esperarme varios años más para eso”. 

Aunque lo dejó brevemente el artista que vivía dentro de él luchaba por salir y así es como, años después, mientras trabajaba en cerámica, el espíritu creativo volvió. En medio de ese proceso creativo, afirma, empezó a “acumular ideas” en su cabeza, las cuales no podía convertir en pinturas todavía, pero que luego del 2016 vieron la luz y se “convirtieron en realidad”.

Presentaciones

Roberto Carlos es el décimo de doce hijos, uno de diez varones, el único que demostró tener interés en el mundo de las artes. Sus pinturas se presentaron por primera vez en la biblioteca del Banco Central de Nicaragua en 2017, a inicios de 2018 en La Casa de los Tres Mundos de Granada y el 19 de noviembre en el Centro Cultural Nicaragüense Norteamericano. La última de sus presentaciones fue este 30 de noviembre en la Galería de Arte Contemporáneo Códice. 

Roberto carlos al lado de juanita bermúdez en la galería códice.

“Me gusta crear pinturas que no solo sean trazos y técnicas sino que tengan un significado que podamos apreciar todos, llenarlas de sentimiento”, comenta, sonriendo. La elaboración de cada una de ellas, en dependencia del tamaño (50cmx70cm o 140cmx145cm), le puede llevar desde una semana hasta cuatro, levantándose a las 2:00 a.m. “Yo uso madera e hilo artesanal”, aclara. “Hay momentos en que siento que eso fluye de mí y me pongo a pintar”, agrega, refiriéndose al hecho de dormir poco, dividiendo el tiempo entre trabajar y atender a su esposa e hijos.

Las favoritas

De todas sus obras son tres las que tienen un lazo sentimental más fuerte con él: Remembranza 97, Remembranza 97/2 y Niñez prohibida, todas ellas centradas en el tema de la infancia, el poder de las emociones y lo intensa que puede ser la vida cuando aún no se ha crecido.

Las dos primeras, piezas de un rompecabezas, tienen origen en el deseo que tenía de pequeño de que le regalasen una bicicleta. “Es una historia muy larga”, dice, “hay una bicicleta, un reloj y un niño del campo que va por primera vez a Jinotepe, la ciudad, y se enamora de algo que no podía tener”.

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“Mi papá cortaba caña” cuenta, “vengo de una familia muy humilde, así que sabía que papá no me podía comprar la bicicleta”, pero eso no le impidió pedírsela. Al final, José Manuel, su padre, sí cumplió su deseo.

Vendió un reloj que obtuvo tras un accidente laboral cortando caña y así Roberto Carlos obtuvo lo que más quería; años más tarde, cuando la bicicleta no viviese más que en su memoria, fluirían las ideas para las dos pinturas. En la primera de ellas se observa la silueta de una bicicleta y en la segunda, con los mismos trazos, varios relojes, pero uno de ellos tiene una herida en el centro. “Son pinturas que resumen mucho de mi vida”, cuenta.

En la tercera de las pinturas, Niñez prohibida, se pueden observar varias líneas de colores, en las cuales cada una tiene una textura distinta. “Una tiene una chibola, otra un lápiz de color e incluso algo de arena” detalla, “eso habla de la infancia en Nicaragua, pequeños que no juegan, niños que no pueden ir a la escuela a pintar y aquellos que tienen que trabajar, como yo”, explica. Y es que éste artista que además gustaba de jugar futbol, aunque ahora ya no lo hace, entiende de primera mano que no todas las infancias son buenas, y por eso hay que “aprovechar cada momento” y “vivir día a día”.

El descubrimiento

Pero para hablar de éste artista es necesario también hablar de la mujer que lo descubrió, en una visita rutinaria, y quedó impactada desde un principio con su trabajo: Juanita Bermúdez. Fue ella quien, el 14 de diciembre, buscando a José Ortiz, ceramista condecorado en febrero de 2008 con la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío, el suegro de Roberto Carlos, dio con una pintura de él. “Veo para arriba y encuentro unos cuadros impresionantes” cuenta Bermúdez, es cuando decide preguntar a Ortiz quién los había pintado y así es como conoce a Roberto Carlos.

“Él me ha impactado porque es muy sencillo, totalmente autodidacta, y está haciendo algo de lo que no ha leído” sigue Juanita, diciendo además que algo que debe recalcarse sobre el artista es su ingenuidad, la “pureza” con la que trabaja, y la sensibilidad detrás de cada obra. Por ello es que decidió hablar con él para pedirle ser un “guía”, para promoverlo y dar a conocer lo que está haciendo, algo que Roberto Carlos agradece, en la misma línea que agradece el apoyo que ha recibido por su suegro, José, ya que fue él quien lo llevó al Banco Central de Nicaragua para su primera exposición.

El mensaje

“La vida, por más dura que pueda ser, no es un problema sin solución” dice Roberto Carlos, recorriendo la exposición y señalando sus pinturas, deteniéndose en un cuadro sobre relieve titulado Laberinto.

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Lo que hace diferente éste Laberinto es que hay más de una salida, si el espectador se detiene a analizarlo descubrirá que así es. “Esa es la idea” afirma Roberto, “si algo he aprendido es que uno tiene que procurarse las oportunidades, ir y buscar las salidas, nada llega si te quedas esperando”. “Mis pinturas tienen  que ver con mi experiencia de vida, una vida que puede ser muy dura pero que podemos convertir en una obra de arte”, concluye. Su trabajo, en esencia, es un ejemplo perfecto de esto.