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Nicaragua entera sufrió una sacudida con la crisis sociopolítica que inició en abril del 2018, especialmente el ámbito de arte y cultura, el cual se mantiene a la espera que el público dejara el miedo y fuese a las presentaciones, que después de las horas de ensayo sí pudiesen llegar al escenario, que los bailarines no se exiliasen, y finalmente que diese para vivir.

Y en medio de esa espera, los maestros de danza Gloria Bacon y Francisco González, desde distintas trincheras, tuvieron que hacer lo posible para que su pasión no se viese aplastada por el contexto nacional.

En una época donde el arte parecía destinado a morir, enterrado bajo las banderas de todos los jóvenes que salían a luchar y los ataúdes de los que jamás volvían a casa, se alzaron las voces de los nicaragüenses, se escribieron canciones, se pintaron cuadros, nuestras reinas de belleza salieron a la calle o encontraron otras formas de protestar. Y en medio de eso, la danza, un arte que exige entrega en cuerpo y corazón, como las águilas que se arrancan el pico y las plumas para poder volver a volar ligeras, tuvo que despedirse de sus maestros para sobrevivir. 

“Fue difícil”, dice Gloria, fundadora de la escuela de danza Espacio Abierto, refiriéndose a esa crisis en la que aún seguimos. “Se tuvieron que hacer recortes de personal y cambiar los horarios, ya que los alumnos no venían por el miedo”, dice después, agregando que aunque no le gustó tomar tal medida era lo que se necesitaba en el momento, por el bien de la escuela y de las personas que llegan, cuyas edades oscilan entre los 3 y 80 años. “Yo creo que toda crisis, todo cambio, te da ese potencial para poder seguir adelante. Tengo que sobrevivir, salir adelante. La pasión es primero”, puntualiza.

De otros impedimentos

Desde su propia línea, el maestro Francisco González, ve una situación aún más difícil. Con 40 años de trayectoria en el mundo de la danza confiesa que la crisis sociopolítica es solo el golpe de gracia en un camino de obstáculos que se les ha presentado a los artistas en las últimas dos décadas.

“Algunos hasta el día de hoy, se han beneficiado de la gente en el mando, pero no se preocupan por promocionar el arte. Si no tenés unas siglas, sino formás parte de algún bandito, te das cuenta de que no podés hacer mucho”, expresa. Luego explica que por si eso fuera poco, en medio de la ausencia de presentaciones, también tienen que enfrentarse a sus propios compañeros en el gremio.

“La gente te hace daño, el mayor daño posible, te pone impedimentos”, cuenta, lamentándose de ello, puesto que se refiere a compañeros que se dedican a lo mismo. Y recuerda la época de los 80, cuando existían los Centros Populares de Cultura (CPC), y se abrían las primeras brechas en la danza y la gente se unía por una pasión. Todo ha cambiado, eso es lo que a él le parece y lo que ha visto, y no solo se trata de que se haya “estilizado” esa rama del arte, sino que se ha convertido en un asunto de intereses. Lo dice porque lo ha vivido, luego de la crisis de abril, porque no accedió a identificarse con los colores de una bandera que no era la azul y blanco, pero lo despidieron del sitio donde llevaba años practicando y destruyeron sus pertenencias.

Polifacéticos

Francisco, fundador del Ballet Folklórico de Nicaragua, cuyo grupo estuvo el año pasado en una gira por Europa como invitados de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), encontró una alternativa para sobrevivir. 

“El Calache de Pancho” fue la respuesta a las necesidades económicas a las que se enfrentó, se trata de un bar-karaoke ubicado en la pista el Dorado, decorado con fotos de sus presentaciones y máscaras y adornos nacionales. 

El maestro Francisco González del ballet folklórico de Nicaragua. Nayira Valenzuela/END

“Los padres tienen que hacer muchos gastos cuando sus hijos bailan”, contó, y explicó que a veces incurren en demasiadas deudas para costear sus viajes y presentaciones, sobre todo ahora. “Aquí es de donde ayudó al ballet”, añade, refiriéndose al Calache, donde resalta una bandera azul y blanca cerca de la barra.

En el caso de la bailarina, coreógrafa y maestra de danza contemporánea, Gloria Bacon, tuvo que dedicarse a hacer traducciones de inglés además de enseñar y gestionar otros espacios de cultura. Aunque, si se le pregunta, ella tiene claro que nunca ha tenido que escoger entre la danza y otro ámbito de su vida; es más, considera que no es una persona unidimensional. 

“Una vez que descubrí la danza supe que no la podía dejar”, cuenta riéndose. “Si vos creés en algo tenés que seguirlo abonando. Creo que el arte, la danza, es importante para la educación de los niños, para la formación integral de los jóvenes, es mi aporte a la sociedad”, añadió.

Yo creo que toda crisis, todo cambio, te da ese potencial para poder seguir adelante. Tengo que sobrevivir, salir adelante. La pasión es primero”.  Gloria Bacon ,  fundadora de la escuela de danza Espacio Abierto. Melvin Vargas/END

Y si en algo están de acuerdo Gloria y Francisco es que no se pueden detener, no ahora. Gloria se ha mantenido fiel a Espacio Abierto y sus alumnos, aunque su familia está fuera del país, y Francisco ha tenido que poner en segundo plano su vida personal para apoyar el arte. “Cuando se tiene esa luz (la del arte), hay que dejarla fluir; yo siento que irradio luz”, dice Gloria. 

“La danza es del pueblo y para el pueblo”, es el lema de Francisco. Con algunos retoques, flotando de vez en cuando y con sacrificios que después sabrán que valieron la pena, ambos predican el mismo mensaje.