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“Huérfanos del tiempo destruido” se titula la primera novela de Luis Enrique Duarte, periodista, poeta y novelista que por medio de esta obra lleva al lector a tener una mirada diferente acerca de la revolución de 1979 en Nicaragua y los efectos del conflicto bélico sostenido en la década de los 80. 

Con un argumento en el que el autor se permite jugar con el tiempo, sin ataduras a la linealidad, utiliza a dos chicos como hilo conductor para decirnos de cierta manera cómo los chavalos de la época asimilaron su coyuntura. El dolor de perder a tu hermano mayor en un campo de batalla en una guerra fratricida, el vacío que dejó en el hogar, la polarización de la sociedad evidenciada cuando habla sobre las elecciones en las que se derrotó al Frente Sandinista, más los conflictos personales propios de cada personaje constituyen una rica y variada trama que simplemente atrapa. 

Cabe señalar que no estamos frente a una novela que se pueda encasillar en un género, porque tiene tintes históricos, esperpénticos, filosóficos y de humor, así que satisface los más variopintos gustos.

“Huérfanos del tiempo destruido” fue publicado por primera vez bajo el sello del Centro Nicaragüense de Escritores, una edición que se agotó rápidamente, y a finales de noviembre de 2018 la Universidad de Costa Rica elaboró la segunda edición que se encuentra en nuestro país en librería Hispamer y en la misma UCR.

Después del poemario “Es un clamor que aclara”, incursionaste en la novela. ¿Cómo fue la transición de los versos a la prosa?  

La transición tiene que ver un poco con el trabajo del periodismo. Hay mucha información en reportajes que se publican y que no es información académica. La poesía es cosa aparte y estoy con otro proyecto en versos, pero todavía el libro está buscando editor. En cuanto a novela está otro proyecto en proceso, sin embargo, no puedo adelantar mucho.

¿A qué se debe el juego que hacés con el tiempo en el hilo argumentativo de la novela?

 Me pareció interesante jugar con el tiempo, jugar con el lector para cautivarlo con una historia que tuviera varias líneas del tiempo, pero también una historia que se fragmentara. La novela tuvo un proceso muy largo, haciendo pruebas de lectura me di cuenta que a veces era demasiado confuso para el lector, pues al principio era más fragmentado, pero me parecía necesario por el tipo de historia que se estaba contando en materia de la experiencia humana, el existir, el recuerdo, la memoria, que son como flash back que van y vienen en el tiempo.

 Luis Enrique Duarte, periodista, poeta y novelista. Nayira Valenzuela/END

¿Contanos un poco del argumento?

Es una novela un poco conocida en Nicaragua. La idea era cubrir el período de los 80, aún sin nombrarlo, con una perspectiva menos histórica y más de realidad humana, de la realidad de las familias nicaragüenses de la época. La historia se cuenta desde la perspectiva de un niño y una niña que van creciendo en esa época y que se van examinando a sí mismos y que examinan la realidad inmediata, dando así unos deslumbres de lo que es el escenario general de la novela.

¿Es también una novela con tintes existencialistas y carácter ontológico?

Sí, porque una parte de la historia está determinada por la adolescencia de los personajes principales de la novela, una etapa de mucha transición, en la que se plantean muchos de las preguntas fundamentales que tiene que ver con la identidad humana en un ambiente de guerra. Ellos se quieren encontrar a sí mismos como seres humanos en el traspaso de la infancia a la juventud, preguntas como el amor, la soledad, la identidad y la felicidad.

¿Por qué los personajes no tienen nombre?

Es una aventura para atrapar al lector y que él busque descubrir a cada personaje. El tema de la identidad es fundamental, porque el nombre es el que te identifica. El lugar donde viven los personajes tampoco tiene nombre y muchas cosas no tienen nombre particular, y es porque la historia se va renombrando y cambiando según los tiempos, por ejemplo en Managua los puntos de referencia se nombran, pero a la vez no existen. 

¿Por qué enfocar la muerte de un joven no desde la perspectiva del sufrimiento de la madre, sino de su hermano que es un niño?

Es para deconstruir el mito de la infancia, los niños tienen su propia forma de superar la etapa traumática, eso no significa que no exista. Hay una generación que nació y creció en esa época y hay que reconocer que vivió una etapa muy difícil.