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Siempre supo de su talento, del clic que su personalidad le garantizaba con el público cada vez que interpretaba los éxitos matanceros que tanto le regocijan el alma. La fórmula para lograrlo no es otra que la típica sencillez del nica, aderezada con un poco de picardía y sellada con una gracia única para mover el cuerpo, y claro, su don vocal. Pese a eso don Adolfo Obando nunca contempló la posibilidad de vivir de la música, menos de empezar a hacerlo a los 78 años. La vida da vueltas y hoy le vemos como todo un “showman”, al ritmo de los grandes éxitos de la Sonora Matancera.

La fama le llegó tarde y de la mano de la necesidad de sobrevivir. Cuando habla de su trayectoria musical refiere que inició hace 53 años, destaca que integró agrupaciones como Los Satélites del Ritmo, Los Platillos Voladores, La Marimba Estudiantil, La Marimba de las Salinas y La Marimba de los Barrios; pero como siempre fue un “hombre de trabajo de oficina” no deja de hacer una parada en el último capítulo de su vida como trabajador, en 2007.

Ejercía como jefe de bodega del Inifom y debido a una mala administración de fondos recortaron personal y con ello su última oportunidad de estar laboralmente activo. Recibe jubilación, “una miseria” asegura, y es así que la necesidad de obtener más recursos lo orilló a su encuentro con los escenarios, de los que se apodera como si llevara la vida entera en ellos.

Le parece irónico que antes nadie se interesara en proyectar su talento, sobre todo porque durante cinco décadas tuvo relación con mucha gente del medio artístico. La oportunidad le llegó por medio de Nelson Gutiérrez, director de Macolla, quien le vio actuar en un restaurante capitalino. Fue rápido, le hizo la propuesta de unirse al proyecto matancero de la Camerata Bach, fue a un ensayo y de allí pasó directito al máximo templo cultural nicaragüense como parte del espectáculo “Sonora Matancera: esplendor y fantasía”.

Asegura no haber tenido mayor dificultad ni grandes nervios, esa primera vez en el Teatro Nacional “Rubén Darío”. De entrada hizo gala de su talento, pasada la primera pieza preguntó: “¿me voy?” al unísono el público respondió con un rotundo “no” que le dio el aval para seguir haciendo de las suyas en escena: encantando con su vos y asombrando con su particular energía para bailar. “Yo meneaba mi cuerpo con todo y claro, eso le gustó a la gente”. Es su as bajo la manga, admite.

“No es que sea un gran cantante ni nada, pero a veces engaño a la gente con bailar y hacerle la mueca y contarle un chiste y eso pues, no deja de ser un atractivo para el público”, expresa nuevamente apelando a la modestia.

La agilidad y la alegría que derrocha dice que le sale del alma porque no tiene cuidados especiales ni para preservar su voz.

“Si padezco de algún dolor no le hago caso porque si voy donde el médico y me dice tenés tal cosa (enfermedad) me voy a preocupar y me voy a morir, y no quiero”, ríe.

Don Adolfo reflexiona acerca del desinterés que tuvo de joven por aprender a tocar instrumento. “Nunca me imaginé que iba a llegar a esta edad que tal vez me hubiera servido haber aprendido a tocar un bajo o una conga”. Reconoce que desde los 14 años se enfocó como meta trabajar para llevar el sustento al hogar, defendiéndose “Con lo que medianamente yo he aprendido y con lo que la escuela de la vida me ha enseñado”. No pensaba entonces en explotar su talento para el arte.

Esta oportunidad que le da actualmente la música no llena del todo sus necesidades, no obstante, la reconoce como su único medio de vida a su edad. En compensación disfruta del reconocimiento a su talento “es un lenitivo para el espíritu, el aplauso del público”.

Don Adolfo junto a la Camerata Bach, tiene planes de giras fuera de la capital.

También lo puede encontrar los viernes y sábados en el restaurante María Bonita con un repertorio de éxitos matanceros a partir de las 7 de la noche.