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La nueva Amy Winehouse parece haber abandonado su conocida afición a cerrar los pubs y clubes del norte de Londres en pos de una vida más saludable que reanime su carrera y su vida. La cantante británica, de 26 años, estrenaba esta semana para los focos de la prensa un aspecto estupendo y una imagen casi risueña a las puertas del Royal Albert Hall, donde acudió acompañada de su nuevo novio y de su padre Mitch Winehouse, quien ha venido apuntalándola tras sus excesos etílicos y con sustancias peligrosas.

El propio progenitor fue quien semanas atrás confirmaba pletórico la buena forma de su hija y la relación que ha iniciado con el director cinematográfico Reg Traviss, a quien considera en parte responsable del viraje en el estilo de vida de la artista. Sus amigos destacan que está feliz y relajada, dispuesta a lanzar pronto nuevo material discográfico y, sobre todo, sobria.

Ha decidido borrarse el tatuaje con el nombre de su ex marido, el conflictivo Blake Fielder-Civil (hace dos años fue encarcelado por asalto e intento de soborno a un testigo), dar carpetazo a los intentos de reconciliación y con ello finiquitar una etapa en la que Winehouse nutría titulares por motivos extramusicales.