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Después de diversos acontecimientos que alteren nuestra forma de vivir y comportamiento, muchas personas no quedan totalmente sanadas y se enfrentan a una nueva fase que debe ser superada.

Neurólogo-Psiquiatra

Las personas que son víctimas de sucesos adversos inusuales de forma brusca, tales como: consecuencias de la guerra, agresiones sexuales, accidentes, catástrofes y las que han sido testigo de una agresión física o una amenaza a la vida de uno mismo o de otra persona, y cuando la reacción experimentada implica una respuesta intensa de miedo, horror o indefensión, pueden desarrollar un cuadro de estrés postraumático.

En nuestro país deben existir muchísimas personas que sufren de este cuadro, debido a que hemos vivido situaciones muy catastróficas desde la guerra a situaciones de desastres naturales, huracanes, terremotos, inundaciones y en la actualidad el continuo aumento de la inseguridad ciudadana y los accidentes que están a la orden del día, ponen a las personas en una situación propicia para padecer este cuadro.

El hecho de ser víctima de un delito puede causar repercusiones psicológicas negativas en la estabilidad emocional de la persona afectada, especialmente en el caso de las víctimas de violación.

De hecho, el desarrollo del estrés postraumático como consecuencia de cualquier delito lo experimenta el 25% de todas las víctimas, pero este porcentaje puede ascender hasta el 50-60% en el caso de las mujeres agredidas sexualmente.

En general, el trastorno tiende a ser más grave y más duradero cuando el suceso sufrido es más intenso, y cuando las causas son obra del ser humano y no meramente accidentales.

Un caso de estrés postraumático.

Un carpintero de 40 años, casado y que aproximadamente dos años antes se vio envuelto en un accidente automovilístico, quedando su vehículo “hecho chatarra”. No sufrió traumatismo craneal ni pérdida de conciencia. Fue hospitalizado en observación durante un día con diagnóstico de esguince cervical. Al finalizar el día se le envió a casa.

En los meses siguientes al accidente, el paciente experimentó ocasionalmente pensamientos involuntarios sobre el suceso, presentó problemas de sueño, irritabilidad, un estado de ánimo ansioso, falta de concentración y un aumento del apetito que lo llevó a engordar 12 kg.

El paciente no experimentó pérdida de los deseos sexuales y también mantuvo las relaciones sociales con sus amigos. Conducía un vehículo y se sentía bien cuando conducía en compañía de otras personas. Sin embargo, presentaba cierta ansiedad transitoria cuando conducía por el lugar del accidente.

Como consecuencia del accidente, el paciente había quedado con un problema en las cervicales, por lo que dos años después al no mejorar con la fisioterapia se decidió que lo más conveniente era una cirugía, el procedimiento le dejó una incapacidad transitoria en su hombro y brazo derecho.

Tan pronto retornó a su casa, su estado emocional varió notablemente. Además de la preocupación sobre el desenlace final de la intervención quirúrgica, empezó a pensar continuamente en el accidente, a pesar de los esfuerzos realizados para evitar estos pensamientos.

No podía dormir, en gran medida debido a las pesadillas que lo despertaban y lo dejaban sin poder volver a conciliar el sueño durante una o dos horas.

Perdió interés por el sexo y describió que en la actualidad “no le importaba nada ni nadie”. Desarrolló una exagerada respuesta de alarma a los ruidos intensos, como por ejemplo, el sonido de una bocina o un portazo.

La incapacidad postquirúrgica del paciente le impedía conducir. Cuando subía a un auto como pasajero, se ponía ansioso, empezaba a sudar, sentía nauseas y, a menudo, se ponía a insultar y vociferar.

Cuando pasaba por una calle en la que había ocurrido un accidente, presentaba una respuesta similar. Era incapaz de concentrarse en sus actividades empresariales. Su situación conyugal se deterioró debido a la creciente sensación de aislamiento emocional que experimentaba su mujer, hasta el punto que planeó el divorcio.

Síntomas Asociados

El tipo de síntoma asociado a este cuadro clínico puede variar de una persona a otra, pero hay tres aspectos nucleares, que en mayor o menor medida, se repiten en forma constante:
1) En primer lugar, las víctimas suelen revivir intensamente la agresión sufrida o la experiencia vivida en forma de imágenes y recuerdos constantes e involuntarios (flashbacks) y de pesadillas, así como de un malestar psicológico profundo y de una hiper-reactividad fisiológica ante los estímulos externos e internos vinculados al suceso.

2) Las victimas tienden a evitar o escaparse de los lugares o situaciones asociadas al hecho traumático e incluso rechazan pensar voluntariamente y dialogar con sus seres queridos sobre lo ocurrido.

3) Las víctimas muestran una respuesta de alarma exagerada que se manifiesta en dificultades de concentración, irritabilidad y, especialmente, en problemas para conciliar el sueño.

Todo ello lleva a una interferencia significativa en el funcionamiento social y laboral, a una pérdida de interés por lo que anteriormente resultaba atractivo desde el punto de vista lúdico e interpersonal y a un cierto embotamiento afectivo (algo así como una anestesia psíquica) para captar y expresar sentimientos de intimidad y ternura.

La pérdida de interés puede presentarse de forma aún más complicada, si este cuadro clínico aparece asociado a una depresión.

¿Cómo cursa este trastorno?

Si bien este trastorno puede manifestarse en toda persona que haya sufrido o haya sido testigo de una agresión física o una amenaza para su vida o la de otra persona, los sujetos más afectados por este cuadro clínico son los ex combatientes y las víctimas de agresión sexual, así como las mujeres maltratadas. En los ex combatientes y en las víctimas adultas de abuso sexual en la infancia pueden aparecer algunos síntomas específicos adicionales, como las amnesias selectivas y los fenómenos disociativos y algunos otros trastornos asociados como: depresión, alcoholismo, dependencia de drogas.

El curso del trastorno de estrés postraumático es, con frecuencia, como ocurre en el caso de los ex combatientes, de las víctimas de abuso sexual en la infancia o de maltrato en el hogar, crónico y de larga duración y puede conducir a las víctimas a situaciones de aislamiento.

Este trastorno se puede presentar de forma aguda, cuando la antigüedad de los síntomas es inferior a los tres meses, o de una forma crónica, cuando la duración de los mismos es superior a este período temporal.

Existe una variable en la presentación de este cuadro, y es que tiene un comienzo diferido, es decir el cuadro se presenta mucho tiempo después del trauma.

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Dr. Javier Martínez Dearreaza.

Universitá degli studi di Pavia-Italia.

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