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Aunque los temas recurrentes en sus poemas eran la soledad y la muerte, su último adiós estuvo muy acompañado.

No sabíamos a quién darle el pésame, al final su familia eran sus amigos, sus colegas, el gremio de escritores que lo elogiaban e inmortalizaban contando las cientos de historias compartidas. La mayoría conocían su obra, al escritor, al poeta que a sus 33 años había hecho grandes aportes que plasmaba en su hoja de vida, esa que nos circulaba cada vez que escribíamos de él y de los que hoy se cuentan en su legado.

En primera fila los célebres eruditos que acompañaron su formación como escritor, entre ellos Claribel Alegría “Su majestad” como él llamó a quien fue su mentora. También estaba Sergio Ramírez por quien conocimos el lado imperfecto del poeta, aquel que planeaba todo con anticipación para no caer en errores, tanto así que dejó ya agendada la presentación de su última obra “Memorias del agua”.

De eso da fe un correo electrónico que Ramírez Mercado se tomó el trabajo de imprimir y leer, para que los presentes conociéramos de primera mano el grado de meticulosidad con que planeaba su trabajo, mismo que nos convocará a todos nuevamente en su memoria. Sólo faltó un detalle, que en su plan estaba él y en eso sí se equivocó.

No es posible omitir a sus amigos, aquellos escritores jóvenes con quienes compartió sueños, proyectos y expectativas, aquellos con los que exorcizaba sus demonios al calor de grandes tertulias que terminaban de pulir su obra entre críticas y elogios.

En particular de su partida reciento que ya no recibiremos aquellas llamadas, casi siempre en la hora pico, aquellas que nos desconcentraban, pero que al final agradecíamos porque generalmente eran grandes aportes que pasaban a llenar la portada de esta sección, presumiendo siempre de su pluma de escritor que muchas veces elogiamos por ser tan profundas y esmeradas.

Sumamos a esos aportes el que como relacionista público del Centro Nicaragüense de Escritores, mantuviera en agenda aquellas actividades que involucraban a nuestros eruditos al mundo de las letras que tanto lo apasionaba, aunque eso significara llenar la bandeja de entrada del correo de cada uno de los de este equipo.

De la soledad y la muerte ahora tenemos para rato, aunque ya no con la vida que le aportaban aquellos ojos verdes que transmitían confianza, sin imaginar que eran parte de su estrategia para obtener inspiración y sumar argumentos a sus textos.

Esa ventana del alma, que para los desconocidos cerraban con cortina no expresaron que había perdido el miedo a la muerte, aunque sus escritos lo gritaron hasta al final.

Aunque suene a nota luctuosa, el “premio internacional de poesía joven” dejó un hijo recién nacido en la orfandad, se trata de su última obra, la que el 3 de febrero será presentada tal y como lo paneó, con las tres canciones de Moisés Gadea incluidas y la lectura del prólogo que escribiera Sergio Ramírez hace ya dos años, como él mismo comentó y que certeramente terminan convirtiéndose en una descripción del viaje que emprendió.

Su obra es su legado y lo que lo mantendrá vivo, aún más allá de la muerte, tal y como lo supuso y de eso sí que nunca se equivocó.